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martes, mayo 01, 2018

Antecedentes del debate crítico contemporáneo: orígenes del irracionalismo 13

POR MARIO ROSALDO
ACTUALIZACIÓN: 14 DE FEBRERO DE 2026




2. LA DESTRUCCIÓN DE LA RAZÓN
(Continuación)


En el último párrafo de este pasaje en específico, Lukács explica dos circunstancias, las cuales en su opinión habrían impedido a Schelling llegar bastante lejos a la hora de satisfacer las hipotéticas exigencias de la burguesía reaccionaria berlinesa. La primera sería particular: su adhesión personal o individual a «la religiosidad ortodoxa». Y la otra, general: al estar influidos por «la filosofía clásica alemana» y «por sus tendencias hacia el pensamiento dialéctico», los filósofos burgueses se habrían sentido obligados a extender las concesiones que hacían a la ciencia hasta la dialéctica, y esto también habría repercutido en Schelling. Pero, desde el mismo comienzo de la explicación, Lukács califica la lección universitaria de 1841, sobre la nueva filosofía schellingiana, como una «proclamación del irracionalismo»[1]. Y lo hace después de haber citado a Engels diciendo que Schelling no admitía de ninguna manera ser irracional, y un instante antes de sostener el propio Lukács que Schelling se adhería «a la religiosidad ortodoxa, que en aquel tiempo aún tenía la pretensión de ser una racionalidad superior y no un craso irracionalismo»[2]. Razonemos: si en lo general no se aceptaba que el enfoque religioso fuera un puro irracionalismo, y si en lo particular el Schelling de Lukács se adhería a dicha «pretensión», ¿cómo ocurre entonces que al final se proclama un filósofo irracional? Queda claro que esta burda afirmación por sí sola no prueba la existencia de tal proclamación, sino que estamos ante un simple juego de palabras, ante la tajante interpretación partidista de Lukács, en la que el objeto real ha sido desplazado por el concepto lukacsiano de ideología y por los requerimientos doctrinarios asumidos como método y marco teórico. Lukács expone en realidad una interpretación propia presumiblemente avalada por los jóvenes Marx y Engels. Consideremos la primera circunstancia propuesta por Lukács. Es verdad que en Philosophie der Offenbarung o Filosofía de la revelación, Schelling rechaza expresamente el «ateísmo insolente» por «exponer conceptualmente a Dios sólo como en un proceso necesario»[3], y que aborda el estudio del viejo y el nuevo testamento, de los dogmas cristianos, para mostrarlos como evidencias o pruebas palpables de la aspiración humana a volver a la unidad originaria, a la conciencia primigenia, a lo infinito o divino. Pero esta no es una «adhesión» de última hora, realizada por Schelling en Berlín a partir de las hipotéticas exigencias de la reacción restauracionista encabezada por el monarca, según defiende Lukács. Los hechos le contradicen: la verdadera trayectoria filosófica de Schelling, que Lukács como es natural no reconoce nunca, prueba que aquél se interesa en la religión y sus dogmas mucho antes de la Restauración. Ello no comienza en 1804, no bajo la influencia de los amigos de Jena; tampoco en un punto imaginario entre la publicación de Filosofía y religión y los años 1830, cuando Schelling enseña su filosofía de la revelación en la universidad de Munich; mucho menos a mediados de septiembre de 1841, con su llegada a Berlín a causa del nombramiento real. Comienza desde los años de estudio en el seminario y la universidad de Tubinga, como se puede corroborar en sus escritos juveniles y en sus cartas, si los estudiamos sin esquemas preconcebidos; sin buscar en ellos las etapas establecidas por la academia, en especial sin privilegiar el presunto idealismo objetivo imaginado por Hegel.

viernes, abril 01, 2016

Antecedentes del debate crítico contemporáneo: orígenes del irracionalismo 8

POR MARIO ROSALDO
ACTUALIZACIÓN: 14 DE FEBRERO DE 2026




2. LA DESTRUCCIÓN DE LA RAZÓN
(Continuación)


Lukács plantea en seguida que, si se aceptase como un hecho probable que en 1804 se consuma «el cambio de rumbo decisivo» en la meta, el contenido y el método de la filosofía schellingiana[1], también se podrían entender «sin esfuerzo», «sin el análisis de las etapas intermedias», a partir de «la mudanza histórica de los tiempos», tanto «los principios fundamentales permanentes» como «los cambios socialmente condicionados»[2]. Y para demostrarlo, comienza estableciendo lo que sería «la lucha de Hegel contra Schelling», es decir, del Hegel que escribe la introducción de la Fenomenología del espíritu, la cual aparece en 1807. A Lukács no le cabe ninguna duda de que «los ataques que en este libro se dirigen a la intuición intelectual se refieren también a esta nueva fase de ella, principalmente a la conexión de lo “simple” con el concepto de lo absoluto»[3]. Pero esta es sólo una convicción de Lukács fundada en lo que para él debería ser la forma progresiva de la filosofía hegeliana, tan válida claro está como sería la defensa de la filosofía schellingiana que hace el Hegel de 1801 apoyándose en lo que para él debería ser una forma dialéctica del idealismo objetivo, esto es, sujetando el pensamiento ajeno al esquema propio. Lukács cita algunas frases de la mencionada introducción, que deberían convencernos de la evidencia o la factibilidad con la que él mismo ve las cosas en este dibujo o esta copia esencial del período en cuestión, que nos ofrece en su consideración intermedia. En realidad, son palabras fuera de contexto que se pueden interpretar en más de un sentido y que, aun si debieran leerse únicamente en la dirección que apunta Lukács, significarían apenas que «los ataques» tienen como blanco, no propiamente la filosofía schellingiana, sino más bien esa equivocada interpretación hegeliana del presunto idealismo objetivo del joven Schelling, que es la referencia histórica, el patrón sobre el cual Hegel habría podido poner a contraluz Filosofía y religión para ver las diferencias entre el presente y el pasado; o, en su defecto, que ese blanco es la nueva interpretación que Hegel hace de la filosofía schellingiana bajo la influencia de un pleno racionalismo dialéctico. Acaso porque Lukács piensa en un público que ha de compartir o al menos entender algunos aspectos de su base teórica, dice, admirando el primer dibujo que nos acaba de mostrar como prueba: «Se ve claramente que la lucha de Hegel contra Schelling era la lucha entre el desarrollo de la dialéctica y la evasión de ella, la huida hacia el irracionalismo»[4]. En vez de esa polarización, nosotros sólo vemos el esquema argumental que Lukács está empeñado en hacer pasar por prueba clara o evidente. Y asimismo vemos que emplea una estrategia semejante para profundizar el contraste y, consecuentemente, la lucha filosófica entre Hegel y Schelling. Nos referimos a que, por extraordinario que parezca, Lukács encuentra que en un idealista tan abstracto como Hegel, y a diferencia del «irracionalista» Schelling, hay todavía un vínculo con la realidad, una especie de tenue base empírica de la cual aquél parte en su Fenomenología del espíritu: el «hecho» de que «el mundo ha entrado en un nuevo período»[5]. La confusión es patente. Si por un lado no se puede negar que incluso el idealista más abstracto tiende a estar determinado por las condiciones materiales de vida, por «la situación objetiva», por su propia condición o realidad humana, por el otro tampoco se puede rechazar que en su filosofía Hegel reduce lo real a lo puramente racional. Lukács diluye —así sea por un brevísimo instante— esta reducción hegeliana para sustituirla por un conato de materialismo en el que Hegel se habría elevado de la tierra al cielo para volver con su cargamento de genuinas y afortunadas abstracciones[6]. Se infiere desde luego que el propósito del esquema y de la estrategia de Lukács no es el convencernos del carácter materialista de este arranque, sino del determinismo de los tiempos, que en su más pura generalidad de «la lucha de clases» explicaría a la vez el racionalismo hegeliano y el «irracionalismo» schellingiano, sin discutir que Schelling y Hegel aspiran a trascender el determinismo histórico por medio del idealismo, yendo por caminos opuestos, ni que el «cambio de rumbo» del Hegel posterior a la Fenomenología obedece más a este antideterminismo idealista que a una supuesta ambigüedad en su percepción de las cosas reales.

viernes, junio 27, 2008

Antecedentes del debate crítico contemporáneo: orígenes del irracionalismo 3

POR MARIO ROSALDO
ACTUALIZACIÓN: 14 DE FEBRERO DE 2026



2. LA DESTRUCCIÓN DE LA RAZÓN
(Continuación)


La primera parte de esta crítica se titula «La intuición intelectual de Schelling, como primera manifestación del irracionalismo». Por lo tanto, para demostrar lo que nos anuncia, Lukács procede a definir la intuición intelectual del filósofo alemán, pero lo hace de una manera muy particular: no sigue el discurso de Schelling para dejar en claro qué es lo que éste piensa, sino que, de entrada, sujeta la expresión de «intuición intelectual» a un esquema preconcebido, precisamente a la tesis que trata de demostrar. Esto es, desarticula el discurso del filósofo para probar que las ideas de un precario idealismo objetivo no coinciden en absoluto con la estructura del ortodoxo modelo marxista-leninista, del cual él, Lukács, es uno de sus teóricos más polémicos. Así, en vez de una crítica imparcial u objetiva tenemos un reclamo y hasta una acusación de deslealtad.

Lukács remacha sobre el supuesto antagonismo que Schelling establece entre la intuición y la razón, únicamente para poner de relieve que desde el inicio el joven filósofo alemán renunciaba a cumplir la tarea que el luminoso destino le había confiado, ser el campeón de la dialéctica. Para corroborar esta percepción suya, Lukács ofrece algunas citas de Schelling donde éste distingue entre el conocimiento sensible y el intuitivo, de la misma manera en que distingue entre el conocimiento de la naturaleza y el conocimiento de lo absoluto, o entre las cosas de la naturaleza y la autoconciencia.

Veamos el primer ejemplo de este razonamiento. Lukács cita a Schelling:

«Este saber debe ser un saber absolutamente libre, precisamente porque cualquier otro saber es no libre, es decir, un saber al que no se llega por ninguna clase de pruebas, deducciones ni mediaciones de conceptos en general; dicho en otros términos y de un modo general, una intuición…»[1].

Y luego comenta con aire triunfal:

«Vemos aquí con la claridad de un ejemplo de cátedra, cómo el irracionalismo brota de la evasión filosófica ante un problema dialéctico claramente planteado por la época…»[2].

Lukács insiste líneas abajo en la supuesta evasión:

«[Schelling] se remontó, aunque de un modo vacilante y sin plena conciencia filosófica de lo que hacía, por sobre el subjetivismo filosófico de Kant y de Fichte; llegó a situarse, por lo menos vislumbrándolo en sus rasgos abstractos más generales, en el punto de vista de la dialéctica objetiva… Pero luego, el pensador huye y retrocede para refugiarse en el irracionalismo, haciéndolo cierto es, con la misma falta de clara conciencia con que antes se había sobrepuesto al subjetivismo de la “teoría de la ciencia”»[3].

Cabe señalar que ninguna de las citas presentadas por Lukács en este apartado, ni en el siguiente, prueba el supuesto idealismo objetivo de Schelling. Todo se funda en la idea de que nuestro joven filósofo había superado el subjetivismo fichteano, y en el decir de Marx de que habría que creer en «el sincero pensamiento juvenil de Schelling».

Es cierto que, de 1795 a 1800, Schelling discute abundantemente en sus libros sobre el problema de la objetividad, pero en ningún momento es para adoptar el punto de vista de la física. La superación del subjetivismo de Fichte es al mismo tiempo la superación del objetivismo, de la oposición sujeto-objeto, de la contradicción del Yo y el no-yo, pues Schelling no acepta bajo ninguna circunstancia que el principio superior o lo absoluto pueda estar condicionado por opuesto alguno: el Yo absoluto sólo puede ser un Yo incondicionado, un Yo absolutamente libre. Schelling intentará explicar cómo ha sido posible que de ese principio superior, infinito y eterno, surgiera lo finito y perecedero. Su respuesta le llevará al instante en que la conciencia se vuelve conciencia de sí misma, objeto de sí misma o autoconciencia. Y esta búsqueda de la objetivación de la conciencia, de la conversión de la unidad en multiplicidad, será lo que Lukács —y acaso también Marx y Engels— tomará por una dialéctica idealista-objetiva. Nada más alejado de la tesis schellingiana, pues ésta nunca identifica la autoconciencia y su objetivación con la dialéctica sujeto-objeto del mundo físico. Cuando habla del Yo empírico y la libertad empírica, siempre lo hace en relación a lo finito que ha sido engendrado por lo infinito y eterno, por lo absoluto o Dios:

«El Yo empírico existe solamente con y a través de los objetos. Pero los objetos solos nunca engendrarán un Yo. Que el yo empírico sea empírico lo debe a los objetos, que el Yo sea en general debe agradecerlo solamente a una causalidad superior»[4].

Schelling concibe, pues, lo absoluto como la unidad originadora de la contradicción, pero no como la contradicción misma. Es, por tanto, un error de interpretación, por lo menos de Lukács.

Como adelanto de su crítica al viejo Schelling, Lukács enlaza las siguientes dos citas del filósofo alemán y concluye tajantemente:

«Su polémica contra la filosofía intelectiva de la Ilustración es abiertamente antidemocrática, va claramente dirigida contra esta filosofía en cuanto precursora de la revolución. “El erigir a la inteligencia en árbitro de la razón conduce necesariamente a la oclocracia en el campo de las ciencias y, con ella, tarde o temprano, a la rebelión general de la plebe.” La filosofía debe levantar su veto aristocrático contra este peligro. “Si algo puede oponer un dique al río que amenaza desbordarse y que confunde cada vez más visiblemente lo más alto con lo más bajo, desde que también la plebe comienza a escribir y se arroga el derecho a figurar en el rango de los enjuiciadores, es la filosofía, que tiene por divisa natural la frase del clásico: Odi profanum vulgus et arceo.” Los fundamentos de este sesgo absolutamente reaccionario se encuentran ya, por tanto, en el joven Schelling»[5].

Lukács tiene razón en interpretar la primera cita como una polémica contra la Ilustración, pero se equivoca cuando la tacha de polémica abiertamente antidemocrática, pues el concepto de oclocracia nos remite igualmente al período de inestabilidad y terror de la Revolución francesa, que nada tuvo de democrático, y que era el precedente en el que podía pensar Schelling en 1803, año de las citas comentadas por Lukács Además, frente a la violencia de la revuelta popular, Schelling defiende su ideal de la revolución espiritual pacífica. Es en este sentido que distingue entre el filósofo guía y el gobierno de la plebe.

Pero dejemos que él mismo nos explique sus ideas:

«El dominio de la ciencia no es una democracia ni mucho menos una oclocracia, sino una aristocracia en el sentido más noble. Deben regir los mejores. Asimismo, deben permanecer totalmente pasivos los meramente incapaces, a los que cualquier tradición recomienda, los simples charlatanes que se abren paso, que deshonran la profesión de la ciencia a través de los pobres métodos industriales...»[6].

Es decir, no habla de la plebe en el mundo real empírico, sino en el estricto dominio de la ciencia, de la filosofía. No habla de la vía revolucionaria al socialismo, sino de una tercera vía que habría de ser conciliadora y pacífica, y que llevaría de la confusión a la unidad, al espíritu. Volveremos sobre esto en nuestras conclusiones.

La segunda cita se entiende mejor en su contexto:

«La situación del Estado es un símil de la situación del imperio de las ideas. En éste lo absoluto es como el poder derramado ante todos, el monarca, las ideas son —no la nobleza ni el pueblo, porque éstos son el concepto que solamente tiene realidad mutua en la contradicción—, sino los hombres libres: las cosas reales y aisladas son los esclavos y los siervos. Hay una gradación semejante en las ciencias. La filosofía vive sólo en las ideas, y el trabajo de las cosas reales y aisladas lo deja a la física, la astronomía, etc. Éstas de por sí son ya meras ideas exageradas, y, ¿quién cree en la humanidad y en esta ilustración de los tiempos, incluso en las altas esferas del Estado? Si hay alguna cosa que pueda oponer un dique a la corriente invasora, que visiblemente mezcla lo superior y lo inferior, desde que la plebe empieza a escribir y cada plebeyo se eleva a la categoría del que juzga, esa es la filosofía, cuya divisa natural es la expresión: Odi profanum vulgus et arceo»[7].

Ciertamente este pensamiento no corresponde a un hombre de la Ilustración, pero tampoco corresponde a un reaccionario político proclive a la monarquía como un Schopenhauer. La realidad que tiene frente a sí Schelling es la de la contradicción social o natural que hay que superar, y esto en su opinión sólo puede hacerse volviendo al fundamento espiritual de nuestras raíces. Este es el pensamiento de un hombre que ve que la vida material, la vida empírica, empuja cada vez más al olvido a la vida espiritual, que es la mayor conquista. Schelling actúa como un Montaigne o como un Bruno, que se niega a someterse al dogmatismo y el determinismo de su época y halla la posibilidad de superar las contradicciones en el retorno a la unidad, al fundamento primigenio. La gradación de lo inferior a lo superior es el paso de lo vegetativo a lo sensible, de este grado a lo racional, y finalmente de lo racional a lo espiritual. No hay oposición a lo racional, simplemente se le ve como un nivel por el que hay que pasar para desprenderse de la contradicción del mundo sensible o físico. Así pues, esta aspiración filosófica de una vía mística y conciliadora ya está en el joven Schelling de 1795-1800, no se origina —como sostiene equivocadamente Lukács— por influencia de sus amistades reaccionarias, ni en el período de la Restauración que comienza en 1815.






























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NOTAS:


[1] Lukács, Georg; El asalto a la razón – La trayectoria del irracionalismo desde Schelling hasta Hitler; Ediciones Grijalbo, Barcelona, 1976; p. 117. Subrayado original.

[2] Ibíd.

[3] Ibíd.

[4] Schelling, Friedrich Wilhelm Joseph von; Vom Ich als Prinzip der Philosophie oder über das Unbedingte im menschlichen Wissen [1795]; Stuttgart (Cotta) 1856-1861; p. 88. Traducción nuestra.

[5] Lukács, Georg, op. cit.; p. 121. Subrayado original.

[6] Schelling, Friedrich Wilhelm Joseph von; Vorlesungen über die Methode des akademischen Studiums [1803]; Stuttgart (Cotta) 1856-1861; p. 567. Traducción nuestra.

[7] Schelling, Friedrich Wilhelm Joseph von; op. cit.; pp. 590-591. Traducción nuestra. Subrayado original. En cuanto a la frase «Odi profanum vulgus et arceo», ésta pertenece a Horacio; es el título de su Oda I en Carmina, libro III. Puede traducirse como «odio al vulgo ignorante y me aparto de él», se deduce que se refiere a quienes no saben apreciar la belleza de la poesía.

jueves, abril 24, 2008

Antecedentes del debate crítico contemporáneo: orígenes del irracionalismo 1

POR MARIO ROSALDO

ACTUALIZACIÓN: 14 DE FEBRERO DE 2026



A partir de hoy publicaremos una serie de artículos a través de los cuales discutiremos algunos libros donde se intenta establecer los orígenes del irracionalismo. Estaremos recorriendo los dominios de la filosofía, pero esperamos poder concluir en el área de nuestra competencia cuando finalmente discutamos sobre el arte en cuanto arena del racionalismo y el irracionalismo, tema del cual ya hemos dado un adelanto el mes pasado.


1. LA BANCARROTA DE LA RAZÓN

En su Tratado sobre la naturaleza humana de 1739, David Hume (1711-1776) no sólo plantea el famoso problema de la inducción que lleva su nombre, sino que además plantea una condición para la cuestión que acaba de dar forma: que quien se someta al rigor de la reflexión [reflection] sea un filósofo. Deja al resto de los temperamentos en libertad de pensar y actuar de manera contraria o distinta, éstos pueden optar por la creencia [belief] si eso les conviene. Es probable que este reconocimiento al carácter opcional de la creencia haya sido determinado por las condiciones políticas y religiosas de la época, pero parece responder al mismo tiempo al problema que, desde su orígenes clásicos, la ciencia afronta en relación con el pensamiento predominante de cada período, que suele estar cargado de no pocas mistificaciones, algunas inspiradas por la tradición y la religión y otras por las interpretaciones mecanicistas o especulativas de la propia ciencia. Comoquiera que esto haya sido, el hecho es que en su Tratado Hume, más que interesado en zanjar una polémica, parece interesado en impulsar el camino independiente de la ciencia.

En su Historia de la filosofía occidental[1] de 1946, Bertrand Russell sustenta un punto de vista contrario al nuestro, escribe que la filosofía de Hume representa la “bancarrota de la razón”. Intentando “ser sensible y empírico” como Locke, dice Russell, Hume “llega a una conclusión desastrosa, que de la experiencia y la observación no se aprende nada. Que no hay tal creencia racional… No podemos evitar creer, pero ninguna creencia se puede fundar en la razón.” Lamenta que Hume no haya disipado de una vez por todas la duda sobre la superioridad de la razón, del racionalismo, frente a la creencia religiosa. Además, Russell sugiere que las inconsistencias de Hume dejan abierta la puerta al “arrebato de fe irracionalista” que surge más tarde con Rousseau. Parte de estas inconsistencias sería la siguiente declaración de Hume, que a juicio de Russell es una auto-refutación: “Hablando en general, los errores de la religión son peligrosos; los de la filosofía solamente ridículos”. Russell explica que Hume “no tiene derecho a decir eso puesto que ‘peligrosos’ es una palabra causal y un escéptico de la causalidad no puede saber si algo es ‘peligroso’.” Considerando en su argumentación en contra de Hume que al final del Tratado éste “… olvida todas sus dudas fundamentales y escribe parecido a como cualquier otro moralista ilustrado de su época podría haber escrito”, Russell concluye que Hume no puede mantener su escepticismo en la práctica, que es por tanto un escéptico insincero.

A nosotros nos parece que Russell llega a este reclamo y a esta lamentación simplemente porque adopta el enfoque racionalista excluyente de todo irracionalismo. La posición de Hume, por el contrario, pese al escepticismo que implica, es menos intransigente. Cuando Hume dice “hablando en general” nos advierte de que ya no está sólo en la esfera del filósofo, que está también en la esfera del resto de los temperamentos, donde se puede creer según convenga. Es ahí en esa esfera de la creencia, de los diversos temperamentos, que “peligrosos” cobra sentido. Hume no dice que no practiquemos la reflexión, sino que la práctica de ésta exige de principios escépticos, los cuales no hacen falta en el caso de la creencia (religiosa o no). Russell no quiere ver esto, o no lo comprende. Opta por pensar que un solo individuo pudo haber cambiado el curso de la historia con la expulsión de la creencia religiosa del pensamiento racional moderno. La condena de Russell a Hume es más moralista que científica.

Cuando en el capítulo dedicado a Kant, Russell trata de Rousseau[2], atribuye paradójicamente al estado de ánimo de las personas la aceptación de las ideas filosóficas: “Locke, viviendo en una época en que los hombres se habían cansado del ‘entusiasmo’, no tuvo dificultad en persuadir a los hombres de la validez de su réplica a esta crítica [de que el hombre entusiasta y el hombre sobrio son equiparables]. Rousseau que llega en un momento en que las personas se estaban a su vez cansando de la razón, revivió el ‘entusiasmo’, y, aceptando la bancarrota de la razón, permitió que el corazón decidiera cuestiones que la cabeza dejaba dudosas.” Es decir, intentando minimizar el valor de la filosofía de Rousseau cuya influencia no se habría debido, según sugiere Russell, a este valor en sí, sino a las circunstancias y en particular al estado de ánimo de la gente, Russell acaba por decirnos que el impulsor de la historia (por lo menos de la historia de la filosofía) es ese variable estado de ánimo y no la razón. De Kant dice que su teoría del conocimiento enfatiza la oposición entre mente y materia, “lo que conduce al final a la aseveración de que sólo existe la mente.” Asimismo dice que Kant está vehementemente a favor de que todo sistema se deba demostrar “por medio de argumentos filosóficos abstractos”.

Después de la exposición a grandes rasgos de lo que él considera es la filosofía de Kant, Russell lleva a cabo un examen puntual de cada uno de los argumentos de la teoría del espacio y el tiempo de Kant. Pero Russell utiliza lo mismo argumentos lógicos que argumentos circunstanciales o anímicos. Confronta las ideas del siglo XVIII con las ideas de la primera mitad del siglo XX, donde las segundas se imponen a las primeras en una supuesta progresión lógica. Nos dice que alguien que vive en un país de planicies no puede concebir el espacio del mismo modo que alguien que vive encerrado en un valle alpino, al menos no como una magnitud infinita. Por si eso fuera discutible, Russell cede a la tentación del argumento según el cual “los astrónomos modernos sostienen que el espacio no es en efecto infinito, sino que da vueltas y vueltas como la superficie de un globo.” Pero, nosotros no vemos aquí ninguna demostración filosófica, sino la introducción desesperada de una hipótesis científica la cual por definición no es irrefutable, o la relatividad del conocimiento científico y filosófico el cual estaría sujeto a la percepción del lugar y de las emociones y sentimientos de cada comunidad, cuando lo que Russell intenta probar es que la vía racional es superior a la irracional. No lo consigue, se contenta con cuestionar su validez para una mente racional contemporánea.

Al final del capítulo de Kant, Russell se refiere a Fichte como el inmediato sucesor de Kant. En su opinión, al abandonar Fichte el problema de ‘las cosas en sí’, lleva “el subjetivismo hasta un punto en el que casi parece involucrar una especie de locura.” Russell no estudia la filosofía de Fichte por no considerarlo importante en tanto filósofo, en cambio nos da una muy apretada crítica de Fichte como fundador del nacionalismo alemán. Habiendo escrito su libro en los años de la Segunda Guerra Mundial, Russell no puede evitar matizar su historia de la filosofía de esa condena moralista que dirige en general en contra del pensamiento alemán y sus mejores representantes. El argumento de Russell para desatender a Fichte y al “sucesor inmediato” de éste, Schelling, es que ninguno de los dos es más importante que Hegel, a quien sí le dedica un capítulo entero. Sin embargo, por otras razones, y con un enfoque muy diferente, Georg Lukács, en su libro El asalto a la razón[3] de 1953, nos propone partir de Schelling para poder establecer el origen del irracionalismo que, en su opinión habría desembocado en el nacionalsocialismo. Trataremos sobre este libro en nuestro siguiente artículo.






























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NOTAS:



[1] Russell, Bertrand; History of Western Philosophy - and its Connections with Political and Social Circumstances from the Earliest Times to the Present Day; Unwin Paperbacks, London, reprinted 1980; pp. 634-647.

[2] Russell, Bertrand; op. cit.; pp. 675-690.

[3] Lukács, Georg; El asalto a la razón - La trayectoria del irracionalismo desde Schelling hasta Hitler; Ediciones Grijalbo, Barcelona, 1976.