Son varios los temas que estamos tratando de desarrollar para poder compartir en todos sus detalles con nuestros lectores. Debido a que escribimos en primer lugar para un público formado de arquitectos y de estudiantes de arquitectura, buscamos que cada uno de estos temas esté relacionado con la investigación de los arquitectos que se dedican en especial a la crítica de arquitectura. Tenemos en la mira, por ejemplo, los temas que toca en sus investigaciones el arquitecto brasileño Juarez Torres Duayer, quien se interesa en una estética marxista y, por lo tanto, en Karl Marx y Georg Lukács, principalmente. Aunque ya hemos estudiado parte de la estética de Lukács, estamos muy lejos de poder sentarnos a escribir acerca de lo que piensa puntualmente Juarez Torres Duayer y, menos todavía, poder discutir sus ideas. Hace falta que estudiemos sus ideas y sus propuestas teóricas, es decir, su manera de interpretar a Marx y a Lukács. Esperemos que llegue pronto ese día.
Nos interesa escribir sobre el efecto que ha tenido en los arquitectos el llamado discurso crítico. En la muestra bibliográfica son varios los arquitectos que desde los noventa del siglo pasado se han mostrado atraídos por esta expresión, como si vieran en ella un salvoconducto para formular con mayor claridad sus propias teorías y sus propios conceptos. Pero no hemos encontrado uno que pudiéramos considerar como típicamente representativo. No ha sido fácil encontrarlo. En cambio es patente la prisa por unirse a esta moda del discurso crítico, cuyas raíces nos llevan hasta el siglo XVII o XVIII, si recordamos bien, cuando comienza a usarse esta especie de divisa. No es por lo tanto nada nueva, ni nada revolucionaria, como algunos llegan a creer. Pensar en esta posibilidad, que en efecto se pueda ser crítico si declaramos de antemano que hablamos y escribimos con un discurso crítico, es ponernos en el nivel de aquellos hegelianos que, como Bruno Bauer, creían hacer una crítica muy seria y muy profunda si la llamaban «crítica crítica» y cosas por el estilo. Nos parece que en ellos es un intento apenas velado de revivir el pasado.
Por cuestión de tiempo y de interés, nosotros no prestamos atención a quienes declaran de entrada que son idealistas, que no son científicos. Son libres de decir lo que consideran que es válido en su campo de estudio, pero no de hacer extensivo a las ciencias naturales, lo que sólo pertenece a la filosofía y las disciplinas afines. En cambio, nos dedicamos por entero a quienes escriben aduciendo que su método es científico, que practican una crítica realista, o que se basan en las fuentes clásicas de la teoría social para plantear sus puntos de vista presentes. En este renglón también prestamos mucha atención a quienes hablan de renovar o actualizar esa teoría social, acaso siguiendo los ejemplos de Lenin, Gramsci, Lukács, Marcuse, Althusser, Lefebvre, etc. La mayoría se limita a repetir lo que tantas veces hemos escuchado y leído, convencidos de que son nuevas aportaciones, nuevas lecturas que iluminan áreas que habían estado en penumbra no sólo para los seguidores de los clásicos, sino incluso para los clásicos mismos. La mayoría de los arquitectos se declaran idealistas.
Es increíble cuántos errores se han cometido a la hora de leer a los clásicos de la teoría social, no sólo por los errores de traducción que han habido en prácticamente cada época, sino también por los métodos que se han aplicado para su divulgación entre las viejas y las nuevas generaciones. Además, hemos sido testigos de la lucha entre los economistas y los filósofos, quienes se han proclamado en distintas ocasiones y con distintos representantes como los verdaderos y exclusivos herederos de los clásicos de la teoría social. Cada bando ha querido hacer de esa teoría, o bien una ciencia económica, o bien una filosofía humanista. Quienes no pertenecemos ni a un grupo, ni a otro, somos en apariencia los mayores perdedores. Los arquitectos se han inclinado preferentemente por los filósofos dada la tradición que une a artistas y ciencias humanas, pero han habido desde luego quienes han apostado por los economistas. En los ochenta había escuelas que definían la arquitectura como una ciencia y sus textos hacían énfasis en lo económico, en la producción industrial y en la inversión al corto y al largo plazo como parte de una planeación física integral.
Nos vemos en la siguiente entrada.

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