lunes, noviembre 02, 2009

Arquitectura y renovación de la cultura nacional

POR MARIO ROSALDO


Hoy día, hablar de arquitectura implica hablar de cultura, sobre todo cuando la entendemos como el grado de civilización de un pueblo, cuando vemos en ella la manifestación más refinada de un período de su historia. Pero la cultura no ha sido una preocupación intelectual de los arquitectos ni en el Renacimiento ni en la Ilustración. Ésta apenas comienza a principios del siglo XX. Es durante el siglo XIX cuando realmente se forja el concepto de cultura en sus dos acepciones, como la educación o el cultivo del espíritu humano y como el sinónimo de civilización o desarrollo material y espiritual de un pueblo. Lo que sí se da entre los artistas renacentistas e ilustrados es el aprendizaje de las lecciones de la historia para llevar la arquitectura greco-latina a nuevas soluciones formales. Ese aprendizaje es general y a todos los niveles, por lo menos entre los florentinos; en todo caso, no es un asunto exclusivo de los arquitectos.

En el México decimonónico, el liberalismo y el romanticismo representados por Ignacio Ramírez El Nigromante, Guillermo Prieto, Ignacio Manuel Altamirano, Manuel Acuña y Juan de Dios Peza, trazan claramente la línea de la cultura como la aspiración a la renovación de la vida nacional. No son simples imitaciones formales de los movimientos europeos; además de abrazar la poesía, sus representantes se involucran también en el periodismo y la política. En el siglo XX, esa misma acepción de la cultura la adopta el Ateneo de la Juventud, más tarde llamado el Ateneo de México. La identidad nacional, o lo nacional mexicano, será el tema central de José Vascancelos. Un continuador de dicho tema es Samuel Ramos, cuyo libro, El perfil del hombre y la cultura en México, inspiró a Octavio Paz a escribir El laberinto de la soledad.

En la actualidad, la cultura es preocupación de casi todos. La arquitectura misma se ve como una gran oportunidad y un gran soporte para difundir la cultura. Sólo que esta difusión es indiscriminada; no se hace una distinción entre la burda imitación y esa válida aspiración a la renovación de la cultura y de la vida nacional. La historia prehispánica y colonial muestran a un pueblo que recurrió al sincretismo cultural cuando fue necesario, que supo adaptar la cultura dominante, sea mexica o española, a sus propias necesidades, a sus condiciones materiales de vida. ¿Qué es lo que impide entonces, en nuestra época, que los artistas, los escritores, los críticos, los historiadores y los filósofos del arte y la literatura dejen de ser amantes incondicionales de una cultura y un arte idealizados?

La respuesta tiene que ver sin duda con el hecho de que, de la búsqueda de una identidad nacional propia, hemos pasado a la identificación de "lo nacional mexicano" con el régimen priista, depuesto vía las elecciones; con el hecho de que, del laicismo oficial o impuesto, hemos pasado a una apertura que incluye laicismo y auge religioso, escepticismo y fe religiosa, ambivalencia que nunca desapareció del todo en el mencionado régimen; y con el hecho de que hemos dejado atrás la cultura ancestral del aislacionismo para pasar a la cultura "moderna" de la globalización, de la aparente universalización. Por otro lado, también hemos sobrevalorado las posibilidades de la renovación cultural. No sólo es necesario traducir o interpretar el pensamiento europeo a nuestros propios términos, para no ser simples consumidores de ideas, además hay que reconocer que la sola cultura no puede transformar la realidad económica y política.

miércoles, octubre 28, 2009

Antecedentes del debate crítico contemporáneo: orígenes del irracionalismo 5

POR MARIO ROSALDO


2. LA DESTRUCCIÓN DE LA RAZÓN. (Continuación)


Lukàcs continua su comentario y nos da la prueba de su equívoca interpretación: “Esta nítida y tajante división trae como consecuencia, ante todo, el que Schelling, en estricta contraposición con su período de juventud, no conciba ya lo absoluto, el objeto de la intuición intelectual, como el cosmos de las cosas en sí, aunque también éste fuese considerado por él, entonces, como el mundo platónico de las ideas, sino como algo que sólo podía captarse de un modo inmediato, como algo puramente simple. De aquí que rechace, para este mundo, toda posibilidad de explicación o descripción, y diga: “solo lo complejo es susceptible de ser conocido por medio de la descripción; lo simple, en cambio, tiene que ser intuido.” Y, en otro lugar, niega también a este conocimiento la conexión de lo general con lo particular, es decir, precisamente la posibilidad del problema para cuya solución se había descubierto en su día, como hemos visto, la intuición intelectual. He aquí lo que ahora dice acerca de esto: “El Universo absoluto en su totalidad, con todas las gradaciones de los seres, se reduce a la unidad absoluta de Dios y, por tanto, en aquél no existe nada verdaderamente particular.” De este modo, el conocimiento del mundo, que originariamente tenía un carácter filosófico-natural, va deslizándose ahora hacia un conocimiento de Dios puramente místico.”[1]

Lo que discute Lukàcs es que el idealismo de Schelling no lo lleve al racionalismo ni a la lógica dialéctica de Hegel, sino a la vía mística. Pero el equívoco, que repite Lukàcs influido por la interpretación de Hegel, la carta de Marx a Feuerbach y el panfleto de Engels, es creer que al escribir sobre filosofía de la naturaleza el joven Schelling se interesaba de algún modo en el objeto empírico, en su objetividad. El estudio atento de las obras juveniles de 1795 a 1800 demuestra que no solamente había esa tendencia a lo «irracional» o a lo «místico», como admite Lukàcs, suscribiendo las dudas de Marx y Engels respecto al pensamiento juvenil schellingiano, sino que además esa era la tendencia central: Schelling no acepta la vía conciliatoria de Kant, pues cierra el paso a la especulación metafísica y en especial a la vía mística, que hasta el Renacimiento había sido esa «tercera vía» entre las corrientes racionalistas y empiristas. Schelling expresa a Hegel por carta que su intención, al buscar un principio superior que concilie los opuestos, es volver al punto anterior a la filosofía kantiana. Será durante el desarrollo de su pensamiento que equiparará su idealismo trascendental con la ciencia de la naturaleza. Pero su filosofía de la naturaleza no será la filosofía de dicha ciencia. Por el contrario, se propondrá explicar el por qué la filosofía no puede partir del objeto que es incapaz de engendrar un Yo, pero tampoco solamente del Yo empírico. A la par que trata de probar que todo descubrimiento científico surge de la conciencia y que ésta es, en su forma superior, el único principio que concilia los opuestos, Schelling busca las pruebas de la existencia de la intuición intelectual en el arte y, más tarde, en la religión y los mitos, a los que ve como productos derivados de esa aspiración del Yo finito a volver a su origen, al Yo absoluto y eterno.



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[1] Lukàcs, Georg; op. cit., p. 129