martes, diciembre 08, 2009

Jesús T. Acevedo: una arquitectura nacional acorde a las exigencias de la actualidad

POR MARIO ROSALDO

A pesar de que Jesús T. Acevedo enfatiza al inicio de su conferencia[1] la falta de pureza en los estilos heredados de España, su propósito no es ni justificar una mezcla arbitraria de estilos ni animar a una vuelta antihistórica a lo original clásico; su propósito más bien es hacer ver la inutilidad de la imitación servil e indiscriminada de los estilos españoles o franceses. Para él, Roma es el ejemplo a seguir, ésta llevó el arte griego a una nueva etapa de desarrollo y perfección en grado sumo. Ese debería ser el fin y no meramente el trasplantar lo clásico a nuestro territorio.

Acaso por el carácter generalizador de la conferencia, o porque Acevedo se somete a su propio principio de colaboración colectiva y generacional en la forja de una nueva arquitectura, no se detiene a explicarnos cómo Roma había superado los modelos típicos griegos, o cuál podría ser la relación entre ese acto romano de superación, de evolución de las artes, y esa fuerza misteriosa e incontenible, que él llama «corriente oscura», que es lo suficientemente poderosa y hábil como para dejar una huella diferenciadora de lo europeo y lo americano. Lo que sí resulta evidente es su interés por establecer la idea de que la fuerza latente de la tradición, primeramente en la mano de obra de los indígenas y, después, en el empeño independentista y revolucionario de los criollos y mestizos, reclama que el fundamento de la realidad nacional y la evolución de los estilos sean las condicionantes necesarias e insoslayables de toda aspiración a un nuevo arte nacional.

Esta sujeción a la realidad también se aprecia claramente en sus observaciones sobre la tendencia funcionalista de la arquitectura francesa, en su versión del estilo Luis XVI, que a juicio de Acevedo era sobria en su decoración, o en sus comentarios sobre la naturalidad que en su opinión raras veces consiguió el eclecticismo de la arquitectura colonial: sólo cuando ésta tomaba en cuenta los materiales locales y la utilidad de los mismos en sustitución de la ornamentación. Aquí Acevedo alude por lo menos a una utilidad conforme a las exigencias económicas y políticas. Es verdad que esta concesión a la realidad puede atribuirse a las influencias del naturalismo, el realismo y el organicismo, pues Acevedo habla de una integración natural, de un purismo clásico o de la evolución como rasgos preciados de ese estilo ejemplar que podría ser el punto de partida del ansiado estilo nacional, pero no hay nada de romanticismo ni de idealismo cuando Acevedo establece como condicionante la adecuación de la aspiración y el propósito de todo posible nuevo estilo a la actualidad. Es verdad que no habla expresamente de la industrialización, pero tiene muy claro el problema de la utilidad y las exigencias de cada época. Es desde la actualidad que Acevedo se plantea la cuestión de la herencia cultural y de la evolución de un estilo nacional: éste debe cumplir con las demandas del presente, no del pasado.

La conferencia de Jesús T. Acevedo termina con dos ejemplos que en su consideración podrían ser un atisbo del estilo ejemplar que menciona como inicio del nuevo arte nacional: la iglesia de Loreto en la ciudad capital y el palacio de los condes Rul en la ciudad de Guanajuato. La admiración que profesa por estas obras le hace preguntarse un tanto extrañado el por qué los ricos de entonces buscaban fuera lo que se tenía y con mejor factura en México. Es interesante la percepción que Acevedo tenía del «arte nuevo», no lo rechazaba tan sólo porque lo considerara extraño o una mera moda, sino sobre todo porque representaba justo aquello que él mismo condenaba: la simple imitación e importación de un estilo. Es decir, él no veía en este arte ni integración, ni evolución naturales acordes con las exigencias más fundamentales de la nación.



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[1] Acevedo, Jesús T.; La arquitectura colonial en México; Disertaciones de un arquitecto, Ediciones México Moderno, 1920; la conferencia está fechada el 17 de enero de 1914 y viene incluida en el libro El ensayo mexicano moderno; selección, introducción y notas de José Luis Martínez; Fondo de Cultura Económica; México 1993; tomo I; pp.152-165.

miércoles, noviembre 18, 2009

Jesús T. Acevedo, precursor de una arquitectura nacional

POR MARIO ROSALDO


Parte de un estudio de esta corriente renovadora de la cultura en México sin duda debe incluir los escritos póstumos de Jesús T. Acevedo. En ellos ronda una idea parecida a la que detallara desde un ángulo no del todo diferente Manfredo Tafuri, en su trabajo inicial sobre el tema de la ideología como objetivo de la crítica del historiador; la de que los arquitectos del Renacimiento como Brunelleschi no simplemente reprodujeron las formas greco-latinas, sino que también las reinterpretaron, y en este sentido —dice Tafuri— ellos fueron los primeros antihistoricistas. Así, no casualmente, Tafuri coincide con Antonio Gramsci, en la idea de que el lenguaje extranjero debe traducirse al lenguaje nacional.

Acevedo reconoce estar generalizando y estar únicamente señalando una tarea que no pertenece a un solo individuo sino a toda una generación, y a las generaciones sucesivas. De ahí que no se plantee el problema de hallar un arquitecto criollo o mestizo para reconocer en él esas cualidades que atribuye a la idiosincracia nacional. No se le escapan las diferencias entre la España conquistadora y el resto de Europa, de la cual aquélla importa —dice— todos los estilos. De alguna manera reconoce que el rezago de España respecto a Italia propicia que no surja el individualismo renacentista. Pero son dos los cabos que Acevedo sostiene en sus manos, por un lado su exaltación de la impronta indígena, y por el otro la «original pureza» de los órdenes greco-latinos: México y Roma.

Un estudio más detenido de su pensamiento y su época podrá acaso corroborar esta nuestra primera impresión.



Fragmentos de una conferencia.


… El hecho fue que los indígenas aprendieron los diferentes oficios que hacen posible las artes, y cosa digna de notarse es la siguiente: al traducir con admirable dedicación los trazos extranjeros que les servían de modelo, algo de nativo y remoto se escondía en su obra; un no sé qué de profundo, que sin equivocar dimensiones ni variar las líneas directrices ponía sin embargo un gesto nuevo, un matiz imprevisto, un color especial; era en fin, nuestro México que apuntaba su idiosincrasia.[1]

… Después de un siglo de incomprensión y de piqueta, el territorio de la República guarda todavía innumerables fábricas nacidas durante el Virreinato. Esto muestra cuán laboriosos fueron nuestros antepasados y también esto otro, que es preciso saber: que construyeron para toda la vida y para sus más remotos descendientes. A nadie es dado tocar, ni por motivos de mejora material, ese legado que pertenece por igual a los grandes y los pequeños, que es del arzobispo y del banquero lo mismo que del mendigo que arrimado a sus viejas piedras bebe el azul del cielo.[2]


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[1] Acevedo, Jesús T., en Disertaciones de un arquitecto. Fuente: El ensayo mexicano moderno, tomo I; selección, introducción y notas de José Luis Martínez; Fondo de Cultura Económica; México, 1993; La arquitectura nacional de México, p. 157.

[2] Ibíd.; p. 160.