sábado, marzo 29, 2014

Complejidad y contradicción en la arquitectura de Robert Venturi*

POR MARIO ROSALDO


FRAGMENTO DE NUESTRO ESTUDIO REALIZADO DEL 16 AL 22 DE DICIEMBRE DE 2006
VISIÓN GENERAL DEL LIBRO

De la primera rápida lectura de Complejidad y contradicción en la arquitectura de Robert Venturi[1] obtenemos la idea de que el libro es un apurado curso de arquitectura, arte y, en esencia, clasicismo. Es un proyecto crítico y teórico que se levanta como reacción contra la arquitectura moderna de los arquitectos racionalistas, que hacen del orden puro una idealización por encima de toda realidad. El principal argumento de Venturi es que sus reflexiones son producto de su práctica como arquitecto. Es evidente su preocupación por dejar en claro que no sólo escribe impulsado por sus estudios de historia y crítica de arte. La razón es no sólo justificar su obra, no sólo difundirla como propaganda —lo que ha sido en efecto uno de los propósitos cumplidos del libro—, sino, sobre todo, establecer un nuevo campo visual de referencia, una base empírica afianzada en la realidad, en el «paisaje cotidiano, vulgar y menospreciado, el orden complejo y contradictorio», válido y vital[2].

La crítica se dirige primeramente contra la escuela moderna, la Bauhaus, luego contra Wright, Aalto o Le Corbusier. La intención es salvar a este último por su clasicismo manifiesto.

En lo que toca a la tendencia clasicista del mismo Venturi quedan los rasgos más acusados como la confirmación de nuestra idea inicial: su relación con la crítica literaria clasicista (Wordsworth, Eliot, por lo menos) y su vinculación a Italia por su ascendencia italiana, por sus estudios en Roma, por su gusto por el paisaje urbano de la ciudad italiana, y por su defensa de la tradición grecorromana frente al opus modernum.

Su método es visual. Los textos son mínimos para tratarse de una obra considerada teórica. La abundancia de imágenes, la comparación visual, la ilustración de los conceptos, su definición, etc., coadyuva para que la lectura y la asimilación del tema expuesto sea rápida y efectiva. Su formato de crítica y teoría: es una lista de conceptos que se desmenuzan y se establecen a partir de un lenguaje histórico-crítico, o clasicista, que se apoyan para su explicación en las imágenes seleccionadas de obras de arquitectura, verdadera arquitectura tradicional. El procedimiento analógico hace obvios los aspectos clasicistas de la arquitectura moderna, poniendo al descubierto así los vínculos con la tradición negada. En el caso de los arquitectos de la Bauhaus, por su incapacidad para reproducir el clasicismo, simplemente se les echa fuera de la exposición y se les condena al olvido, a la omisión perversa y doctrinaria.



EL CAPÍTULO «UN SUAVE MANIFIESTO EN FAVOR DE UNA ARQUITECTURA EQUÍVOCA»[3]

Venturi inicia con un planteamiento emancipador, esto con el fin de rechazar tajantemente lo que él considera que es el puritanismo intimidatorio de la arquitectura moderna, con el fin de sostener como tesis que el único camino es el esteticismo. Pero en el fondo la propuesta no es más que la oposición de un pensamiento a otro, de una creencia a otra, de una moral a otra. Todo se resuelve en el plano de la conciencia y de ahí deriva a las acciones concretas del arquitecto, quien —en teoría— libre ya de las ideas modernas, puede tomar el control de todo su ser y sus creaciones.

En la visión esteticista de Venturi está implícita una moral que se opone al lenguaje «puritano» de la arquitectura moderna. Para cualquiera que conozca de historia resultará fácil reconocer en el adjetivo una referencia a las luchas de la Reforma y la Contrarreforma. En esencia, pues, se trata de oponer la tradición que mira a Roma[4] a la tradición que mira al pasado germánico. Reconocemos en Venturi un rechazo a la moral protestante, a la moral de la ruptura.

Cierto es también que Venturi se apega a la visión kantiana que hace del arte un fenómeno autónomo. Pero esta es sólo una argumentación que puede ser refutada por otra. En los hechos no hay tal estética autónoma, como no hay política sin rechazo de la moral restrictiva. El gusto es expresión de la voluntad, pues es preferencia o elección. El discernimiento es crítica, expresión voluntaria de una preferencia, o de un determinado enfoque. La voluntad está sujeta al objeto deseado, sea valor, sea realidad. El valor se sustenta en lo material o en lo espiritual. Lo material y lo espiritual forman una unidad, compleja y contradictoria, si se quiere, pero unidad al fin. El valor moral y el valor estético no son independientes de esta unidad, la subjetividad implícita del gusto, de la estética, no proviene tan sólo del individuo presente, sino a la vez del individuo histórico, de ese llamado ser social. La estética se aprende con su práctica, o tomando cursos en Princeton o Roma. El gusto es resultado de una educación. Lo que aprendemos en las escuelas de arte son valores morales y estéticos.

En todo caso, Venturi nos pone frente a un planteamiento falsamente empírico: la aceptación de la realidad, la que resulta ser más bien una realidad meramente estética, determinada por el gusto, las preferencias, la educación. A Venturi le basta que la tradición crítico-literaria acepte la autonomía estética, la autonomía del gusto, para considerarla un «hecho». Nada dice de la tradición que la rechaza, lo que también es un «hecho». Resulta irónico y risible que Venturi ponga el acento en su experiencia práctica o que invoque la realidad cotidiana, cuando él asume el subjetivismo estético como el punto de apoyo de su argumentación. Pero la debilidad de su argumentación no es este equívoco fundamento, sino todo lo que implica su actitud.

Venturi se pronuncia en contra de la ruptura histórica y estética, asumiendo conscientemente el argumento en contra, a saber, la visión esteticista. Todo su libro es una fuente de la cual brotan clásicas ideas estetizantes. En el fondo el asunto no es más que la restitución de la visión esteticista, del historicismo, del clasicismo, centrado en Italia, eso sí con su pizca de modernidad. Se mira otra vez a Roma, con un pie en Filadelfia, en la autopista, en la cultura popular estadounidense. (…)



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NOTAS:

[1] Venturi, Robert; op. cit,; Gustavo Gili, Barcelona, 2003; segunda edición.

[2] Ibíd.; p. 168.

[3] Ibíd.; pp. 25-26.

[4] En opinión de Octavio Paz, Ezra Pound y T. S. Eliot vuelven sus miradas hacia Roma, en el intento de restaurar la tradición del clasicismo, pero, contra sus deseos, terminan propiciando una revolución poética (Véase la entrevista «Cuatro o cinco puntos cardinales» de Roberto González Echevarría y Emir Rodríguez Monegal reproducida en el libro Pasión crítica; Seix Barral, Colección Biblioteca Breve; Barcelona, 1985; pp. 21-36). Venturi da referencias, citas y notas de Eliot. Podemos decir que es a través de Eliot que aquél percibe «una manera de ver la arquitectura».



* La redacción original de este texto se hizo el 16 de diciembre de 2006, en nuestro Cuaderno 2006(5).

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