viernes, noviembre 25, 2005

La arquitectura por “razones pragmáticas”

POR MARIO ROSALDO



No hay mejor forma de convencer a alguien de la solidez de nuestra argumentación que usando un “concepto tapón”, uno de esos que no nos deja ninguna otra salida, ninguna otra opción para refutar el punto de vista del oponente. En la charla coloquial esto resulta hasta divertido y motivo de orgullo por haber dejado sorprendido y sin habla al contrario. Argüimos alegre y despreocupadamente que algo se puede o no se puede hacer por “razones pragmáticas”, y con ello queremos decir todo; que hay que rendirse ante los “hechos”, ante la “realidad”, ante las “circunstancias”, o ante los “límites” de la naturaleza humana y sus capacidades. Y, más por intuición que por razonamiento, entendemos por “realidad” o “circunstancias” las condiciones económicas en que vivimos, que ocasionan pensamientos de tipo utilitario, oportunista, competitivo, optimista o pesimista, y demandan en consecuencia actitudes acorde a ellas. En tanto que con “límites” de la vida o de la naturaleza humana nos referimos a la condición humana sujeta al egoísmo y los violentos conflictos sociales que genera, una condición que damos por hecho es imposible de cambiar. Aceptamos, así, que las condiciones económicas, sociales o humanas nos determinan y que no hay más alternativa que ceñirse a ellas. Claro que si el amigo con el que discutimos no coincide con nuestro enfoque “pragmático”, él podrá asumir y defender todos los puntos de vista contrarios. Y tal vez terminemos disgustados y sin ganas de volver a discutir por un buen rato.

Pero cuando se trata de confrontar el trabajo o las ideas de un arquitecto, sea quien sea, en el plano profesional y a nivel de una crítica rigurosa y congruente, la charla coloquial agota sus posibilidades y tiene que convertirse en un análisis de las implicaciones del uso y recurso de un concepto tal. La crítica del repertorio conceptual no sólo implica la investigación de sus connotaciones lingüísticas, ni mucho menos la sola acumulación de definiciones enciclopédicas, sino, también, su estudio histórico, sociológico y político. La idea irresponsable de que cada quien es libre de pensar y decir lo que guste no se aplica cuando se trata de una crítica dirigida al trabajo o al pensamiento de alguien en particular. El profesionalismo no acaba donde empieza la crítica, todo lo contrario. Se tiene que separar la crítica improvisada y de cafetín de la crítica concienzuda y profesional. Y esto también vale para la ocasión en que se quiere exponer las ideas propias, ya sea para definir el arte, o para definir la arquitectura. Por supuesto que sentarse a escribir las ideas amontonándolas sin ton ni son es un buen principio, pero sólo eso: un principio, un comienzo. Después hay que irle dando forma, desechar unas e incluir otras. Hay que confrontarlas con la realidad histórica, social. Podemos tener una primera idea acerca de la esencia del arte y de la arquitectura, lo que son hoy día en la sociedad capitalista del siglo XXI. Pero, antes de llegar a conclusiones precipitadas, y suponer cándidamente que lo que hoy son lo fueron siempre, se tiene que verificar su evolución en la historia, es decir, se tienen que verificar aquellos cambios que han experimentado como conceptos referentes de una realidad dada.

La declaración tajante de que hoy se hace arquitectura por “razones pragmáticas” sólo puede provenir o de la influencia del medio ambiente cultural, la que suele ser una influencia inconsciente, o del estudio directo de las teorías positivistas, neopositivistas o post-marxistas. Si se emplea el concepto como arma arrojadiza, como mero lugar común, entonces nos vemos en la necesidad de adivinar cuál puede ser su sentido. Pero en el medio cultural no abundan las definiciones, y si las hallamos suelen ser contrapuestas o, en el mejor de los casos, incompletas. Además, pronto descubrimos que todo viene por pares, a la “razón pragmática” se opone o bien la razón práctica kantiana, o bien la razón ética en general, y hasta una “razón simbólica”. Desde luego que en el medio cultural se identifica el pragmatismo americano y el pragmatismo europeo, reconociendo las mutuas influencias. Prevalece, sin embargo, la asociación de conceptos como razón instrumental o razón tecnocrática, con el de razón pragmática. Y la hallamos tanto en el bando de la derecha como en el bando de la izquierda. Con que, no habiendo una explicación o justificación del término, la definición de arquitectura a partir de “razones pragmáticas” deslumbra a primera vista pero confunde a la segunda. ¿Qué podemos entender por una arquitectura sujeta a las “razones pragmáticas”? De acuerdo al contradictorio contexto cultural, con ello se da de lado a la investigación teórica. Se sobrevalúa la importancia de los “hechos” económicos, políticos y tecnológicos. Y, se parte básicamente de la concepción pluralista de la realidad. Esto es, cada quien hace lo que sabe y lo que puede.

Entonces, ¿son las “razones pragmáticas” el único fundamento aceptable de la arquitectura? O, por el contrario, ¿son un obstáculo que hay que derribar? Esta encrucijada tiene que transitarla cualquiera que se asuma como arquitecto. Y tiene que intentar su resolución. Partamos de la situación actual. El trabajo profesional hoy es más un trabajo asalariado que un trabajo artístico. Y eso no tiene vuelta de hoja. Pero se determina según sea el tipo de relación que se dé entre el cliente y el arquitecto. Si esta relación es directa, el cliente busca en el arquitecto sus mejores cualidades creativas o artísticas. En la mayoría de los casos el cliente no espera que el arquitecto despliegue su arte libremente, sino que lo somete al tormento de sus veleidades. El arquitecto pretende crear para sí pero en realidad lo hace en función de un problema planteado por un cliente. En la solución del problema, halla la oportunidad de convertirse en creador, de ponerse al mismo nivel de cualquier otro artista. Vuela en aparente libertad. Su misma solución formal denota la necesidad interna de ser libre. Hace de su proyecto su grito de libertad. Frente al cliente se va a esmerar en justificar su creatividad. Mientras que aquél se preocupará más por su prestigio enaltecido y las ganancias económicas que suponga la inversión. Los resultados bien logrados serán de beneficio para ambos. Es muy diferente si la relación no es directa y se trabaja en el anonimato burocrático de una empresa, si se tiene una posición subordinada respecto a un jefe y su cliente. La creatividad va a estar determinada por el sueldo, las horas de trabajo reglamentadas, o por la imposibilidad de tener contacto con cliente alguno.

¿Hay algo más que esto? Por supuesto que sí. Pero, ¿quién quiere ser un arquitecto para los “pobres”, o un arquitecto “revolucionario”? Las “razones pragmáticas” nos dicen que hay que comer, que hay que pagar las cuentas, las colegiaturas, etc. En suma, nos dicen que tenemos que sostener nuestro status de arquitecto burgués o pequeñoburgués. ¿Qué hay de malo en ello? Nada. Si no se tiene el menor interés en romper con tales “razones”. Si nos conformamos con dosis de libertad creativa. Si preferimos hablar de la libertad de los “verdaderos” artistas en vez de buscar la propia. Si preferimos pagar las sesiones del psicoanalista o del terapeuta. Si mitigamos el dolor de la conciencia con el vino y la dolce vita, con el frenesí de la vida moderna. Ahora bien, antes de preguntarnos si el trabajo asalariado coarta la libertad, hay que preguntarnos si hoy alguien todavía quiere ser libre. Al parecer hay una mayoría que reconoce sin cortapisas que la razón pragmática de la vida social es hoy una gran carga que hay que soportar. Pero no dice que haya que deshacerse de ella. ¿Cuál es la causa de esta resignación e impotencia? ¿Por qué se ha perdido el interés por la transformación social? El desastre de la Revolución de Octubre que concluyó con la Perestroika, no sólo nos arrebató la posibilidad de una nueva sociedad, sino también el gusto por los ideales y los sueños de una vida equilibrada. Las generaciones formadas principalmente en los noventa son las que más han resentido esta pérdida de la utopía y de la capacidad de disentir. Su única herencia es la democracia neoliberal que parece estancada en un largo proceso de legitimación. Pero si de algún lado proviene la razón pragmática ese es de la democracia actual. Así que, ya podemos ir vislumbrando el origen de tanta resignación.

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