sábado, febrero 27, 2010

Jesús T. Acevedo: Apariencias arquitectónicas (Primera parte)

POR MARIO ROSALDO
ACTUALIZACIÓN 25 DE JULIO DE 2013



Apariencias arquitectónicas[1] es la última conferencia del ciclo «El porvenir de nuestra arquitectura» que la Sociedad de Conferencias dio en 1907 en el Casino de Santa María de la Ciudad de México. En ella, de entrada, Acevedo resalta la importancia de la parte humana más profunda, que se ha perdido en la palabrería de la vida diaria. En su opinión, se presta más atención a lo externo y no a lo interno, a lo superficial y no a lo esencial que es la base de todo afecto, de todo aquello que manifestamos. Lo positivo y evidente descansa sobre esa base inmaterial que es el alma, el espíritu humano; su inteligencia o su entendimiento.

Acevedo está convencido de que las cosas se pueden realizar si ponemos de por medio la voluntad o el deseo más vehemente. Para él, es condición indispensable que esa fuerza de voluntad provenga de la colectividad unificada en un sólo deseo: el de la realización de un ideal. Si eso no ha sucedido hasta ahora es porque la inteligencia y la voluntad no brotan del conjunto sino de las individualidades: nos mantienen divididos y no unidos en torno del mismo fin, de la misma aspiración. Por lo menos, parece decir Acevedo, esa unidad es necesaria e imprescindible para el arte, para la arquitectura.

En su conferencia, Acevedo invita a la reflexión, al ensimismamiento; mejor dicho, al conocimiento de sí mismo, no como individuo aislado y perdido sino como individuo en el que confluyen las variadas realizaciones de inteligencias pasadas y contemporáneas, como colaborador activo de la vida espiritual del pueblo. Este individuo ve en su propia vida, en su alma, el más valioso tesoro, que ha de ser descubierto; para ello ha de valerse de todo el universo y del arte más logrado, pues éstos reflejan la intimidad del ser, «el reino interior»[2]. Para Acevedo, no hay obra de arte en la que el pasado y el presente no se conjuguen de manera perceptible para quien observe con atención. Es el individuo integrado a un ideal colectivo, es el alma colectiva del pueblo, lo que se trasluce en las obras clásicas griegas, de ahí su «admirable variedad»[3]. Acevedo parece sugerir que esto sólo puede verlo un crítico, o un historiador, si pone en primer lugar, no lo material, no lo estrictamente técnico, sino lo más espiritual, lo verdaderamente fundamental. Acaso por eso Acevedo opone a la vida agitada de la ciudad, a la vida puramente utilitaria, los aspectos afectivos y esenciales de la vida misma, de la vida sin acotaciones ni artificios. Si no soportamos la vida de la ciudad contemporánea, si nos parece monótona, es porque ella es el espejo de nuestra vida aburrida, apegada obsesivamente a los bienes materiales, a lo superficial y fatuo. Acevedo está convencido de que la ciudad sólo refleja el alma de sus habitantes: «Será luminosa y alegre, variada, rica en color, expresiva y solemne, si nosotros somos capaces de vivir luminosa, alegre y solemnemente»[4].

Acevedo pone su confianza en esta esperanza, en esta capacidad de vivir conforme a la esencia, al fundamento de la vida en cuanto tal, porque a su juicio nada es más real que ella y porque la solución al problema del nuevo estilo queda sujeta a nuestras propias fuerzas, no a profecías ni a hazañas sobrehumanas. Las almas, dice Acevedo, son los materiales impalpables con los que los artistas han creado sus obras a lo largo de la historia, en las diferentes edades del arte. Y ha sido el corazón de estos artistas el receptáculo donde esos materiales intangibles han sido preparados antes de su posterior concreción en una apariencia, en una forma definitiva[5]. No ha habido, por tanto, gran obra que no combine esa fuerza interna con el material pétreo o pictórico, pues sin ella carecería de expresión, sin ella no sería un arte orgánico.



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NOTAS:

[1] La conferencia apareció originalmente en Disertaciones de un arquitecto, en 1920. Nosotros hemos utilizado la versión que aparece en la tercera edición del libro Conferencias del Ateneo editado por la Universidad Nacional Autónoma de México. Parece haber una polémica alrededor del nombre original de la conferencia. En un documento con fecha del 1 de julio de 1907, Pedro Henríquez Ureña se refiere a ella como «El porvenir de nuestra arquitectura» dejando claro que el primer ciclo de conferencias no tenía ese nombre; véase el libro Pedro Henríquez Ureña en México de Alfredo A. Roggiano, p. 56, publicado en 1989, también por la UNAM. En cambio, en el prólogo de Disertaciones de un arquitecto, Federico Mariscal afirma prácticamente lo contrario, que el título de la conferencia es «Apariencias arquitectónicas». Dejaremos la polémica a los especialistas.

[2] Conferencias del Ateneo, UNAM, México 2000; p. 253.

[3] Ibíd. ; p. 254.

[4] Ibíd.

[5] Ibíd.

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