miércoles, marzo 30, 2011

Jesús T. Acevedo: Apariencias arquitectónicas (Sexta parte)

POR MARIO ROSALDO
ACTUALIZACIÓN 25 DE JULIO DE 2013



Por eso, cuando Acevedo señala que es a Francia a quien ha cabido «el honor de haber iniciado, protegido y al fin visto esplender este arte, que no toma nada de Egipto, ni de Grecia, ni de Roma, como que tiene en sí mismo todos los elementos necesarios para triunfar»[1], no solamente está resaltando el valor del arte gótico como nuevo tipo, como nuevo principio artístico-constructivo, sino que además está aclarando que tal arte trasciende las fronteras francesas, pues su fundamento es universal. Al mismo tiempo enfatiza que el nuevo centro de desarrollo del espíritu humano no se encuentra más en los sitios de la Antigüedad. Y para que no haya ninguna duda de la relación de este centro con el norte de Europa, nos da su ubicación exacta: es la gran región que abarca la isla de Francia, Picardía, Champagne, Borgoña y Normandía. Acevedo asegura que es aquí donde «las corporaciones masónicas... que se dedican al estudio de las bellas artes, encienden las siete lámparas de la cultura, bajo cuya luz dorada los pueblos vuelven a la acción, a la divina acción, savia fecundante de toda hazaña digna de holocaustos»[2]. Esa acción no es otra que la del trabajo comunitario, la de la construcción de las catedrales, que expresan la unidad y la creatividad del renovado espíritu en manos de las corporaciones de artesanos[3].

Acevedo continúa su discurso sin detenerse a discutir los orígenes del arte gótico, prefiere llevarnos al «instante de su gloria», esto es, a la época del rey San Luis. Pese a esta simplificación, que no puede relacionarse con el Diccionario de Viollet-le-Duc, lleno de abundante información respecto a las diversas fuentes del gótico, es precisamente en esta parte de la conferencia donde Acevedo se acerca mucho más a aquél. En efecto, casi todas las ideas del siguiente párrafo se encuentran en el primer tomo del mencionado Diccionario:

«Cuando el Santo Rey Luis de Francia empuña el cetro de oro que más bien es signo de amor entre sus manos que no de mando funesto, sus súbditos viven en las catedrales. Para las ciudades que han entrado en posesión de sus franquicias, la catedral no es solamente el edificio del culto sino también un lugar de asambleas públicas. Reuniones municipales fiestas civiles, representaciones de misterios, todo esto se verifica bajo sus naves: la catedral es el centro único de la vida popular, es el corazón de la ciudad. Este amplio y liberal criterio que asocia la catedral a todos los regocijos profanos, como también a los severos sentimientos de la fe, hizo de ella el monumento público por excelencia. Lo que no impide que en torno suyo se agrupe el pintoresco corrillo de habitaciones privadas que, como un campo de violetas silenciosas, crecen bajo la sombra gigantesca del cedro batido por el viento»[4].

La diferencia no consiste solamente en el lenguaje, que en el caso de Acevedo es literariamente retórico, mientras que en el de Viollet-le-Duc es racionalmente empírico, sino también en el contenido del mismo, que en éste resalta el triunfo de la razón, o las ideas, y el liberalismo, y en aquél el espíritu fraterno o solidario que ha sido puesto en acción. He aquí algunas citas tomadas del primer tomo del Diccionario. Para una mejor comprensión, recomendamos la lectura directa del mismo:

«... Se juzga una civilización por sus artes, pues las artes son la enérgica expresión de las ideas de una época, y no hay arte sin la independencia del artista»[5].
«... El carácter de la población indígena galo-romana, mucho tiempo reprimido, surgía de golpe; las poblaciones no derribaban conjuntamente, como en nuestros días, lo que obstaculizaba su libertad, sino que hacían esfuerzos parciales, aislados, manifestando así su espíritu de independencia con tanto más energía que se abandonaban a sí mismas. Esta época de la liberación de las comunas señala un lugar importante en la historia de la arquitectura»[6].
«... Al cambiar de centro, las artes y los oficios no cambiaron bruscamente de dirección; y si los talleres se formaban fuera del recinto de los monasterios, se habían organizado conforme a los mismos principios; el espíritu secular aportaba ahí solamente un nuevo elemento, muy activo, es verdad, pero que procedía de la misma manera por asociación y una especie de solidaridad»[7].
«Paralelamente al gran movimiento de liberación de las ciudades, una revolución se preparaba en el seno de la feudalidad secular»[8].
«En todos los pueblos, la arquitectura religiosa es la primera que se desarrolla. No solamente en medio de las civilizaciones nacientes, el monumento religioso responde a la necesidad moral más poderosa, sino que incluso es un lugar de asilo, de refugio, una protección contra la violencia. Es en el templo o la iglesia que se conservan los archivos de la nación; sus títulos más preciados están bajo la guarda de la Divinidad: es bajo su sombra que se tienen las grandes asambleas religiosas y civiles: pues en graves circunstancias, las sociedades constituidas tienen necesidad de aproximarse a un poder sobrehumano que sancione sus deliberaciones»[9].
«... Es en la habitación del ciudadano y del hombre de campo, al igual que en la historia política, que se encuentran los rastros del movimiento nacional que comienza durante el reinado de San Luis y que continúa con una maravillosa actividad durante los siglos XIV y XV, a través de esos tiempos de invasiones, de guerras, y de miserias de todo tipo. Parece que entonces los habitantes de las ciudades, que habían aprovechado la práctica de las artes buscaban en todas las construcciones alejarse de todas las tradiciones conservadas por los conventos: volvían a la estructura de madera y se entregaban a las audaces combinaciones que permitía la carpintería; abrían cada vez más las fachadas de sus casas con el fin de dotar la calle de escaparates con aberturas que parecían hechos para hacer común la vida de todos los ciudadanos. Resultaba necesariamente de esta íntima vecindad una solidaridad más completa entre los ciudadanos; sin verse obligados a bajar a la vía pública, podían entenderse, ponerse de acuerdo»[10].

Si confrontamos el texto de la conferencia de Acevedo con el del Diccionario de Viollet-le-Duc, veremos que en el primero hay más una interpretación que una copia fiel de los argumentos y los datos que se esgrimen en el segundo. Pese a que, como hemos señalado anteriormente, existe una tendencia nacionalista en Acevedo, ésta no pesa tanto como el nacionalismo de Viollet-le-Duc; y sucede lo mismo con el tema de la religión cristiana, que es más fuerte en el francés. El mayor contraste, sin embargo, tiene lugar entre el lirismo de Acevedo y el racionalismo de Viollet-le-Duc, pues son expresión congruente de las ideas contenidas, de los puntos de vista defendidos.



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NOTAS:

[1] Acevedo, Jesús Tito; Apariencias arquitectónicasConferencias del Ateneo, UNAM, México 2000 ; p. 258.

[2] Acevedo, Jesús Tito; op. cit.; pp. 258-259.

[3] Al describir las agrupaciones de artesanos, Viollet-le-Duc dice que eran algo parecido a una «francmasonería» de los tiempos modernos, pero nunca asegura que lo fueran completamente. No creemos que Acevedo intente decir algo más que esto cuando habla de «corporaciones masónicas».

[4] Acevedo, Jesús Tito; op. cit.; p. 259.

[5] Viollet-le-Duc, Eugène; Dictionnaire raisonné de l'Architecture Française du XIe au XVIe Siècle; primer tomo; Librairies-Imprimeries Réunies; Paris 1860; p. XIV. Todas las citas son traducción nuestra.

[6] Viollet-le-Duc, Eugène; op. cit.; p. 127.

[7] Viollet-le-Duc, Eugène; op. cit.; p. 128.

[8] Viollet-le-Duc, Eugène; íbid.

[9] Viollet-le-Duc, Eugène; op. cit.; p. 166.

[10] Viollet-le-Duc, Eugène; op. cit.; p. 259.

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