lunes, agosto 30, 2010

Jesús T. Acevedo: Apariencias arquitectónicas (Cuarta parte)

POR MARIO ROSALDO
ACTUALIZACIÓN 25 DE JULIO DE 2013



Después de resaltar los rasgos que a su juicio caracterizan la edad del arte en Egipto y Grecia, Acevedo trata del caso romano, pero lo hace de una manera tan rápida y concisa que llama la atención, no sólo porque contrasta con el mayor espacio y tiempo que inmediatamente le dedica a las etapas de la Edad Media y el Renacimiento, sino además porque parece haber una ambigüedad en el único párrafo que toca directamente el asunto.

Esto es, si por un lado Acevedo parece aceptar en su discurso la idea general que se había tenido de Roma hasta ese momento, según la cual ésta no había sido capaz de producir un arte propio, ni siquiera durante su etapa republicana y, en vez de eso, como imperio, se había consagrado a expandir su territorio y a acumular riquezas, entre las cuales el arte griego tenía un lugar especial; por el otro, parece rechazar parcialmente esa misma idea, por lo menos en lo que se refiere a la incapacidad artística del romano, pues con cierta timidez Acevedo señala que sí hubo una aportación significativa en el campo de la arquitectura civil romana mediante la utilización del arco semicircular y la cúpula.

Nuestra impresión es que el enfoque de la conferencia no permite a Acevedo profundizar en el tema de Roma ni en el de la arquitectura civil, pues su bosquejo solamente aspira a resaltar la naturaleza interior del ser humano, es decir, el fundamento espiritual del hombre, el cual –dice el mismo Acevedo– puede observarse si se pone atención en las distintas edades del arte; pero no considera en ningún momento el aspecto material por sí solo. En efecto, como hemos visto en los artículos previos, Acevedo busca el equilibrio que hace posible esta espiritualidad, para él evidente, en el arte que nace orgánicamente de lo más profundo de la colectividad y no de los individuos aislados, que nace del alma del pueblo y no de su vida puramente material.

Ese equilibrio cree hallarlo en Egipto y en Grecia, pero no en Roma, porque para él es la arquitectura doméstica o privada la única que puede manifestar esta unión íntima entre individuo y comunidad. En Roma, nos dice Acevedo, la arquitectura doméstica sólo reproduce lo que Grecia ya había aportado, pero además lo que mayormente interesa al romano es la expresión de su status económico y político. Sin embargo, en consideración a la evolución que la arquitectura civil romana representa, Acevedo la tendrá por la pauta a seguir en su conferencia de 1914, donde tampoco podrá ahondar al respecto.

El párrafo completo de Acevedo es el siguiente:

«Todos vosotros sabéis mejor que yo que en la historia del arte, el romano es considerado como un traficante. Todas las civilizaciones anteriores y también sus contemporáneas le suministran ideas y formas, porque él es presa de los más vehementes impulsos de conquista y de lucro y sólo puede pensar en expediciones guerreras que le produzcan tierras fértiles y esclavos sumisos. Y si bien es cierto que un día discurre el arco de medio punto y la bóveda esférica, por medio de los cuales caracteriza su gigantesca arquitectura civil, en lo que se refiere a la arquitectura privada no hace más que utilizar, ampliándolo, el plan griego. Sólo que el romano anhela deslumbrar; falto de aristocracia intelectual, quiere que se le admire por los cuantiosos bienes materiales que posee y por la elevada posición social que le ha sido fácil alcanzar, y por eso finge desdenes a los raros que se dedican al cultivo del espíritu. Si su casa está construida con granito, es solamente porque dicho material resulta muy caro, ya que es preciso hacerlo venir de Egipto. Si en sus parques hay estatuas, es porque los artistas griegos que las ejecutan son escasos y cuesta trabajo conseguirlas. En sus frontones reproduce escenas mitológicas que para él son extranjeras; los capiteles de sus columnas no han sido fruto de la imaginación de sus artífices, y en cuanto a los muebles, telas, decoraciones y utensilios de que se sirve, que ni siquiera es capaz de imaginar y menos de pagar debidamente, podemos asegurar que los importa de sus colonias. En arquitectura doméstica, ninguna palabra nueva dijo el romano; pero es bueno recordar que en arquitectura civil es un maestro consumado que resuelve con sencillez maravillosa los conjuntos monumentales de sus edificios, cuyas ruinas son ahora el mejor blasón de la Ciudad Eterna»[1].

No es un simple gesto retórico el de Acevedo asegurar que su audiencia sabe mejor que él que, hasta esos días, el romano había sido señalado en la historia del arte como un pueblo ávido de poder y riquezas, con menosprecio de sus aportaciones arquitectónicas. Como presidente de la Sociedad de Conferencias, y para pasar de las lecturas y comentarios, entre amigos, a conferencias en las que hubiera un público conocedor e interesado, Acevedo debió haber girado invitaciones, para esa primera ocasión por lo menos, a «literatos, poetas, músicos y pintores que habían logrado destacarse...»[2].

En teoría, por tanto, este público tenía que saber historia del arte. Ahora bien, de lo dicho por el propio Acevedo, se deduce que, a principios del siglo XX, la historia romana que se podía aprender en cualquiera de las escuelas o instituciones que se localizaban en o cerca de la ciudad de México, era por lo común la misma que se había enseñado en algunos libros españoles, franceses o ingleses del siglo XIX, donde, sin dejar de admirar la grandeza romana, se lamentaba su decadencia, en general atribuida a la corrupción de las instituciones del enriquecido Imperio[3].

La visión del historiador de arte no escapaba del todo de este tipo de apreciaciones negativas dirigidas contra Roma; pero los críticos de arte como Ruskin, Viollet-le-Duc, y Menéndez y Pelayo, para citar a tres de los autores que sin dificultad alguna podemos asociar con el pensamiento de Acevedo, se esforzaban por hallar argumentos y pruebas a favor del arte romano. Así, Ruskin persigue hábilmente las raíces del gótico italiano hasta Bizancio, el antiguo Imperio Romano de Oriente: «Sé que [los constructores bizantinos] son bárbaros en comparación [con los griegos]; pero hay una fuerza en su barbarismo de tono más severo, una fuerza ni sofística ni penetrante, sino envolvente y misteriosa»[4].

Viollet-le-Duc, a través de Epergos, el personaje progresista de su diálogo sobre la historia de la arquitectura doméstica, ve en los romanos un crecimiento, una evolución, antes que un estancamiento o una decadencia: «Por ejemplo, los romanos hallaron en Asia muchos elementos arquitectónicos que les han posibilitado, en combinación con lo que ya poseían desde Etruria, hacer esas nobles construcciones abovedadas que admiramos; es evidente que han actuado sabiamente en el aprovechamiento de estos diferentes elementos, porque, cuando examinamos el asunto a conciencia, descubrimos que esos elementos están íntimamente relacionados entre sí; pero donde no podemos aprobar tanto el juicio de los romanos es en su intento de unir la arquitrabe griega con las bóvedas asiáticas. Estos son principios contrarios que nunca pueden armonizarse en una obra arquitectónica»[5].

Por su parte, Menéndez y Pelayo, quien a pesar de aceptar que entre los romanos no hubo «otro arte ni otra ciencia que el arte y la ciencia de la vida política, de la ley y del imperio», defiende que esto «no fue obstáculo para que floreciera a orillas del Tíber una admirable cultura literaria»[6]; si bien Cicerón, Horacio, Vitruvio, Séneca, Quintiliano y Marcial ignoraron de todo punto, dice, «la metafísica de lo bello»[7].



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NOTAS:

[1] Acevedo, Jesús T.; Conferencias del Ateneo, UNAM, México 2000; p. 258.

[2] Hernández Luna, Juan; op. cit.; p. 13.

[3] Una buena muestra de esto sería el libro Lecciones de historia romana de Herrera Dávila, J. y Avila, A. que está escrito en forma de preguntas y respuestas: «P. ¿Qué circunstancias notables presenta la historia romana? R. La historia romana presenta el espectáculo de un pueblo, que con su influjo y sus armas, se apoderó de los principales Estados de la tierra; que fue la admiración por sus virtudes y sus hazañas, y lo escandalizó después con sus vicios y con sus excesos, y cuyas instituciones y costumbres, leyes y lenguaje han dejado trazas permanentes en los pueblos modernos». Lección I, Introducción; p. 4. Y: «P. ¿Cuál fue el origen principal de la corrupción de las costumbres entre los romanos? R. Las riquezas que adquirió Roma, en virtud de las conquistas que hacían sus ejércitos. Los romanos dejaron de apreciar las virtudes modestas de los primeros siglos de Roma; y el deseo de enriquecerse, llegó a ser la pasión dominante, a la que se sacrificaba el interés de la patria». Lección XL, Resumen. Causa de la grandeza y decadencia de los romanos; pp. 252-253. Véase la versión digitalizada de la edición publicada en Sevilla en 1828.

[4] Ruskin, John; The Seven Lamps of Architecture; John Wiley; New York; pp. 71-72. Hemos utilizado un ejemplar digitalizado de la Biblioteca Pública de Nueva York que no incluye la fecha de la edición; la primera edición del libro de Ruskin es de 1880. Traducción nuestra.

[5] Viollet-le-Duc, E. ; Histoire de l'habitation humaine, depuis les temps préhistoriques jusqu'à nos jours; su primera edición francesa es de 1875. Traducción nuestra de la versión digitalizada  The Habitations of Man in All Ages; London 1876; p. 247.

[6] Menéndez y Pelayo, M.; Historia de las ideas estéticas en España; Tomo I, 3era edición; Madrid 1909; pp. 157-158. Recuérdese que la primera edición aparece en 1883 y la segunda en 1889. En el arriba citado prólogo de Hernández Luna, en el apartado 2, refiriéndose a los ateneistas, José Vasconcelos menciona en 1916 que entre las obras de consulta del grupo estaba la historia de Menéndez y Pelayo.

[7] Ibíd.; pp. 196-197.

1 comentario:

  1. Maestro, le escribo para invitarlo a participar del 20 al 22 de Octubre al 2 Seminario de Teoría, Historia y Crítica de la Arquitectura, en la FAUV-Xalapa. Su presencia y su trayectoria nos distinguiría altamente. Un saludo cordial de un fiel seguidor de su espacio. Daniel Martí Capitanachi

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