jueves, mayo 14, 2015

El descrédito de las vanguardias artísticas de Victoria Combalía y otros (Tercera parte)

POR MARIO ROSALDO


1

La utopía estética en Marx y las vanguardias históricas por Simón Marchán Fiz
(pp. 9-45)

CONTINUACIÓN



Marchán asegura que el tema de lo sensible en Marx tiene que ver con Baumgarten y la estética con mayúscula. Pasa por alto lo que acabamos de señalar: que los Manuscritos son un banco de pruebas donde Marx confronta los conceptos y los principios teóricos —propuestos por la ciencia económica de la época— con los problemas reales que el individuo y su comunidad enfrentan. Por eso mismo la idea de la acción sensible de Marx no remite a la estética en cuanto teoría del crítico de arte, sino al estudio de esa masa de condiciones materiales, como se dice en La ideología alemana, de la que depende la vida del hombre de carne y hueso en la sociedad capitalista. Para Marx, «lo estético» es una forma ideológica del arte porque se construye sobre presunciones idealistas. El arte del mundo objetivo, en cambio, es el producto concreto de la acción del hombre vivo, del hombre tal cual; una acción en la que el pensar se da en el individuo en esa unidad indisoluble que está determinada por la necesidad y por la producción y el intercambio de bienes materiales en una organización económica, en una estructura social. Marx no traspasa lo sensible o empírico con la conquista de lo estético como sostiene Marchán[1]. En realidad, como hemos explicado antes, y como lo demuestra el examen imparcial de la obra de Marx, éste separa lo ilusorio de lo real. Marx no confunde lo ilusorio, a saber, las formas ideológicas del arte, de las instituciones, de la conciencia, etc. con la conciencia real, ni con los objetos reales o medios de vida que el hombre produce y despliega en el mundo físico y económico —que este hombre ha creado transformando la naturaleza y transformándose él mismo— por medio de las acciones sensibles o prácticas. Cuando el joven Marx habla de la apropiación sensible nos refiere tanto a los sentidos como a la subjetividad; es decir, nos pone el ejemplo de cómo la unidad recíproca entra en acción. Nunca quiere decir que lo sensible es lo meramente estético, ni lo puramente ideológico. Marchán aísla este carácter sensible de la apropiación para suponer que Marx lo aísla también reconociendo así un valor propio de lo autónomo, que en Marchán siempre es lo ideológico. Esa apreciación de Marchán es por lo menos equivocada. En el joven Marx no hay tal reconocimiento, ni tal dialéctica entre lo sensible autónomo (lo ideológico de Marchán) y el ser. Por no cumplir con las expectativas esteticistas de Marchán, a éste le parece que la teoría de la apropiación sensible de Marx es «rudimentaria»[2]. El cotejo de Marchán, donde vemos a un Marx que repite las ideas de Feuerbach, pierde de vista lo importante. Marx confronta estas ideas con la unidad recíproca, con el ser o el producir del hombre vivo, no con el hombre filosófico de Feuerbach. La diferencia es abismal, no es cuestión de matices. Por eso, la sensibilidad estética de la que habla Marchán no le lleva a la posición de Marx, sino que lo aleja por completo[3].

Al no interesarse en los Manuscritos por «lo estético», sino por el arte del mundo objetivo, del mundo del trabajo, es lógico que parezca «difícil» para Marx llevar a cabo también aquí el análisis «de la naturaleza de lo estético». El estudio de lo ideológico tiene lugar precisamente en La ideología alemana, pero ni ahí se sumergen Marx y Engels en el oscuro mundo de lo insondable. Hay por lo contrario el interés y el esfuerzo por acabar de una manera sensible, práctica, real, con las fantasmagorías que pueblan las mentes de los individuos. Aunque en el plan de trabajo de los Manuscritos ni siquiera debió estar contemplado el análisis «de la naturaleza de lo estético», Marchán cree que Marx no ha sido capaz de completar esa tarea. Marchán, por lo tanto, pide la reivindicación del tema[4], esto es, su recuperación y reposición en el debate filosófico. No es sorpresa que la mencionada reivindicación no sea del «acierto» de Marx, sino la del viejo papel del filósofo, quien, con Marchán, anhela recuperar «lo estético» y el rumbo de una teoría kantiana del conocimiento. Lo que Marchán quiere reivindicar, entonces, es esa tradición filosófico-estética que Marx ya ha dejado atrás. Por eso repite, como otros, que Marx no llegó más que a «barruntar» alguna teoría acerca del sujeto (otros han dicho algo semejante respecto a una teoría de las clases sociales o de una lógica dialéctica materialista); cuando el objetivo de Marx nunca fue la definición filosófica de conceptos abstractos. Y resta importancia a las teorías que sí podemos encontrar en la obra de Marx, pues en opinión de Marchán aquéllas sólo «siguen» al Iluminismo o a la filosofía clásica. De donde habría que deducir que Marx no sólo fue un guiño más en la intentona de la crítica decimonónica, sino que, encima, fue —también según Marchán— un guiño no exento de rasgos utópicos, un simple idealismo filosófico puesto al revés.

Marchán sostiene que el Marx de los Manuscritos «trata de reconciliar» el binomio naturaleza-historia del Iluminismo[5]. Se le escapa a Marchán que en Marx no hay oposición entre naturaleza humana e historia humana porque ambas se resumen en la acción sensible o práctica, que es posible gracias a la unidad recíproca del ser y el pensar, gracias a la naturaleza real del hombre, no gracias a lo ilusorio o ideológico. En vez de explicar el por qué y el cómo Marx rompe con el idealismo imperante, Marchán prefiere creer que Marx sólo se propone problemas que provenían del Zeitgeist (Marchán omite el término), que ya estaban en el aire, como si el pensamiento de una época fuese absolutamente autónomo[6] y no correspondiese nunca a las condiciones materiales de vida, esto es, al pensar y al actuar del individuo concreto. Si Marx se hubiera dedicado a conciliar los opuestos clásicos del Iluminismo o de la filosofía en general, habría caído en contradicción con su propia crítica, pues en vano habría intentado cambiar el mundo sólo por medio de palabras. Marx no se dedica a corregir, ni a superar, las contradicciones de la filosofía; no se dedica a «realizar» la filosofía en este sentido. Lo que hace, desde los Manuscritos y otros textos anteriores a La ideología alemana, es fundarla sobre una condición previa real, sobre el hombre real, tal cual es en este mundo objetivo, enajenado, dominado por la burguesía, el Estado y el Capital. Para Marchán el cambio en la percepción de la naturaleza humana de Marx sólo tiene lugar en el discurso filosófico: según él, aquél deja de hablar de la naturaleza humana de manera abstracta para sustituirla «con el desarrollo de las relaciones sociales entre los hombres»[7]. Idea que es concreta en Marx pero sumamente abstracta en Marchán: «la socialidad», «la determinación activa, práctica de la socialidad»[8]. Y que muestra claramente cómo Marchán lleva al dominio de lo ideológico-retórico lo que en Marx es resolución sensible o acción práctica y objetiva.



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NOTAS:


[1] Combalía, Victoria y otros; El descrédito de las vanguardias artísticas; Colección BB; Editorial Blume; Barcelona, 1979; p. 21.

[2] Ibíd.; pp. 21-22.

[3] Ibíd.; p. 22.

[4] Ibíd.

[5] Ibíd.; p. 23.

[6] Marchán hace alusión a la discusión epistolar de Engels acerca de la independencia relativa de los procesos financieros en relación con el proceso económico general, diciendo lo siguiente: «La vía abierta por la dialéctica de la autonomía relativa y por el desbordamiento de la interpretación restrictiva del arte como superestructura cierra o abre, repito, la posibilidad de la misma estética marxiana, así como la teoría de la eficacia o inutilidad de la superestructura». Ibíd.; p. 16. Subrayado original. Ya hemos comentado este punto en nuestro estudio del libro de Rafael López Rangel. Engels reconoce tanto la influencia como la independencia relativa de la ideología sin dejar de defender nunca que la determinación decisiva es del movimiento económico; pues, como se sostiene en La ideología alemana, las condiciones materiales del modo de producción capitalista, que se han impuesto históricamente, son la base real de aquélla. Es decir, de acuerdo a Marx y Engels, la autonomía absoluta de la ideología es ilusoria y su influencia sólo es posible gracias a que la respalda el poder real del Estado burgués y el Capital. Marchán, en cambio, supone que Engels acepta sin más una autonomía de la ideología que justifica plenamente la teoría de la autonomía absoluta del arte de Kant. En la ecuación de Marchán arte es igual que ideología. Para Marx y Engels, por lo contrario, las formas ideológicas del arte sólo son los reflejos ilusorios que nos hacen creer que el arte, en cuanto producción real de objetos plásticos y su disfrute sensible y subjetivo, es privilegio de inteligencias superiores. En pocas palabras: el arte en Marx no se reduce a las formas ideológicas del mismo. Contra el pensamiento dominante que coloca el arte en una esfera autónoma e inalcanzable (Kant pensaba en el «verdadero» arte como el producto del trabajo libre —del genio, no del mercenario— apegado todavía a la división grecorromana del trabajo libre de las clases altas y el trabajo asalariado de las clases subalternas), Marx y Engels le devuelven su carácter común, genérico: el arte es expresión natural y social de todo ser humano.

[7] Ibíd.

[8] Ibíd.; p. 24.

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