domingo, mayo 31, 2015

El descrédito de las vanguardias artísticas de Victoria Combalía y otros (Cuarta parte)

POR MARIO ROSALDO


1

La utopía estética en Marx y las vanguardias históricas por Simón Marchán Fiz
(pp. 9-45)

CONTINUACIÓN



Hasta aquí hemos confrontado la exposición de Marchán con el recuerdo de nuestro estudio de los Manuscritos de Marx, hagamos algo distinto ahora. Confrontemos el esquema de Marchán con nuestra lectura de los textos de Feuerbach que habrían influido en el joven Marx, sin dejar de remitirnos a nuestro estudio de los Manuscritos. Describamos brevemente el esquema de los ya mencionados apartados uno y dos teniendo en cuenta esta vez la semejanza o la discrepancia que pudiera haber entre la visión de Feuerbach y la argumentación de Marchán. Éste comienza su planteamiento con la referencia a un texto donde Marx parece repetir literalmente la terminología feuerbachiana, Crítica a la filosofía del derecho de Hegel[1]. Sólo que en vez del hombre abstracto y la reforma de la filosofía de Feuerbach tenemos en Marx el proletariado, el movimiento obrero y la revolución. Esta apariencia formal anima a Marchán a enlazar las ideas que Marx expresa sobre el arte con la corriente estética de la filosofía del arte y con la teoría estética de la sensibilidad, que tendría un fuerte apoyo en Feuerbach, entre otros[2]. El tratamiento del tema del arte en los Manuscritos parece confirmar la deuda de Marx con Feuerbach[3]. Sin embargo, el hecho de que Marx no disuelva simplemente la enajenación del obrero en el discurso filosófico demuestra que el sentido de los términos en los Manuscritos ya era diferente al de Feuerbach. Según Marchán, Marx habría combatido la estética especulativa y sistemática (lo abstracto-indeterminado), pero no la estética fundada en lo abstracto-determinado[4]. Esta idea de Marchán corresponde al concepto de la disolución de Feuerbach quien halla que la teología ha de transformarse y disolverse en la antropología; es decir, que no ha de renunciarse en absoluto a ella, sino invertir su centro, pasando de lo divino a lo humano. Es en este sentido que Feuerbach habla de que el panteísmo engendra su propio opuesto, el ateísmo; de que lo positivo del idealismo es el materialismo; o de que la verdadera dialéctica es la que existe entre el yo y el tú, entre los hombres abstractos de la filosofía. Siguiendo este orden de ideas, Marchán aboga por una teoría no contenidista del arte, que no lo coloque únicamente en la esfera de la ideología, que no lo separe de su forma abstracto-determinada[5]. Aun considerando el arte como forma ideológica, Marchán prefiere ver una diferencia de grado entre el arte y las formas ideológicas de la religión y la filosofía[6]. Como justificación, Marchán asegura que al tratar sobre el arte La ideología alemana y los Grundrisse desbordan los presupuestos contenidistas e incluso los del propio objeto artístico, lo que prefigura el posterior debate de las vanguardias[7]. Marchán reconoce que la problemática de la determinación está lejos de haber sido desarrollada de modo satisfactorio[8], pero ve que el formalismo es una vía que puede aportar nuevos datos, de ahí que lo apoye[9].

El formalismo de Marchán se opone a «la teoría de la determinación» y supone ser la superación del contenidismo o de la reducción del arte a mera ideología; esto es, el formalismo estético estaría conservando la unidad de la base y la superestructura, al radicar el arte en una deducción trascendental antropológica[10]. Pese a que Marx habría sido sólo un formalista incipiente, su interpretación de la estética antropológica —aventura Marchán— no llevaría a un distanciamiento excesivo, sino apenas a una variación[11]. Es decir, siguiendo a Feuerbach, Marchán argumenta que Marx no rompe con el idealismo, sino que únicamente lo pone «patas arriba», que no rompe con la visión abstracto-indeterminada, sino que sólo la vuelve «determinada», que no distingue lo ideológico de lo real, sino que disuelve el uno en el otro. Feuerbach, en efecto, sostenía que no hay una separación total entre la teología y la filosofía especulativa, o entre la filosofía ordinaria y la antropología, sino una transformación y una disolución de lo originario en algo nuevo y contrario. El joven Marx, sin embargo, no busca disolver los problemas de la enajenación y la emancipación en una utopía filosófica, en una recuperación de lo estético, sino establecer que el único modo posible de transformar las condiciones reales de vida es el de la actividad real, la acción sensible o la práctica objetiva, que es consecuencia concreta de la unidad recíproca del pensamiento y el ser.

Marchán parece aclarar que este apoyo en Feuerbach sólo es válido para el tema de la estética en Marx, pero no necesariamente para otras «temáticas habituales». Por lo pronto propone dos cosas:

  1. que para el estudio de las ideas que sobre el arte expresó Marx se prescinda de la confrontación de los Manuscritos con La ideología alemana y El Capital[12].

  2. y que se admita «la deuda de Marx a Feuerbach y a la tradición de la estética antropológica»[13].


De La ideología alemana apunta que «no en vano lleva un título bien elocuente». ¿Qué debemos entender con este comentario? Recordamos inmediatamente que el título no lo pusieron ni Marx ni Engels, sino quienes finalmente imprimieron la obra completa en 1932. Omitiendo este detalle, pensaríamos que Marchán se refiere al supuesto carácter contenidista que tendría la concepción del arte como mera ideología o mera abstracción indeterminada. Pero, ¿no ha dicho él mismo que incluso en esta obra la discusión acerca del arte desborda el contenidismo? Para no dejar el comentario en el más absoluto misterio, supondremos que Marchán piensa aquí en que su vía formalista apenas se habría esbozado en Marx y Engels. Y de El Capital sólo anota que se ha vuelto el blanco de quienes lanzan los Manuscritos como arma arrojadiza. Ahora bien, al pedir que se prescinda de la confrontación de estos textos con el resto de la obra de Marx, Marchán olvida que la confrontación más importante en el joven Marx se da entre las teorías y las condiciones materiales de vida de la sociedad burguesa o capitalista, no entre unos textos y otros, suyos o ajenos. Por otro lado, admitir tal deuda es leer los Manuscritos conforme a la óptica de Feuerbach y a la de los que serían los precursores del esteticismo antropológico de aquél: Baumgarten, Herder, Humboldt, Schiller, Kant y Hegel; es llevar a cabo una lectura sesgada o proclive a la concepción autonómico-relativa del arte que propone Marchán; es dar una vuelta o un rodeo muy amplio por «la tradición de la estética antropológica», antes de poder leer directamente a Marx, quien en los Manuscritos está empeñado en fundar su crítica sobre condiciones previas reales, no sobre especulaciones, ni filosofías. ¿Qué justifica esta propuesta de Marchán? Justo la idea feuerbachiana de que una nueva filosofía no es sino la inversión de otra originaria: el idealismo se vuelve materialismo en una especie de evolución dialéctica, o en una transformación y disolución, en una superación de los contrarios, sin que el primero desaparezca de ningún modo, pues estará siempre contenido en el segundo. Para Feuerbach el problema de una nueva filosofía se resuelve volviendo a la unidad, que no se resume en la esencia abstracta del espíritu separado del cuerpo, sino en la esencia del hombre que conjuga lo espiritual y lo corporal, lo subjetivo y lo objetivo. Pero el Marx de los Manuscritos no busca una nueva filosofía, sino el modo práctico de terminar con el viejo orden de cosas que mantiene la división de clases y la enajenación del proletariado. Y comienza por oponer a la filosofía y a la economía política las verdades de la vida proletaria.



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NOTAS:

[1] Combalía, Victoria y otros; El descrédito de las vanguardias artísticas; Colección BB; Editorial Blume; Barcelona, 1979; p. 12.

[2] Ibíd.; p. 13.

[3] Ibíd.

[4] Ibíd.

[5] Ibíd.; p. 14.

[6] Ibíd.

[7] Ibíd.; pp. 14-15.

[8] Ibíd.; p. 15.

[9] Ibíd.; p. 16.

[10] Ibíd.; pp. 17-18.

[11] Ibíd.; p. 18.

[12] Ibíd.; p. 19.

[13] Ibíd.

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