sábado, junio 27, 2015

El descrédito de las vanguardias artísticas de Victoria Combalía y otros (Quinta parte)

POR MARIO ROSALDO


1

La utopía estética en Marx y las vanguardias históricas por Simón Marchán Fiz
(pp. 9-45)

CONTINUACIÓN



En el segundo apartado Marchán insiste todavía más en ver el realismo del joven Marx como una simple deducción lógica de los problemas o fenómenos filosóficos que no rompe en absoluto con el pensamiento clásico, con el positivismo iluminista ni con la antropología de Feuerbach, sino que es apenas su variación y mejora. Marchán está convencido de que este joven Marx sólo se limita a corregir o a precisar los argumentos que habían esbozado ya Kant, Schiller, Baumgarten, Schlegel, Hegel y, desde luego, Feuerbach. Marchán sostiene la tesis de que la aportación de Marx se reduce a la resolución inédita de las antinomias que también habían sido señaladas por los autores mencionados y sus precedentes teórico-históricos[1]. Cabe recordar brevemente aquí que esa no es la tarea central que se propone el Marx de los Manuscritos al iniciar el estudio crítico de la economía política: no le interesa resolver el problema de la transformación social en el puro discurso, no le interesa partir de los conceptos abstractos o vacíos de la economía, de la política, ni de la filosofía, sino enfrentarlos y enriquecerlos con la realidad social que él y sus contemporáneos atestiguan; o desecharlos por completo si no tienen nada que ver con ella. Y que es sólo dentro de dicha confrontación de los conceptos con la realidad de la sociedad capitalista que Marx toca el tema del arte. De acuerdo a la tesis de Marchán, sin embargo, «el reconocimiento de lo estético» impulsado en especial por Kant y Schiller supera su abstracción filosófico-idealista con la fundamentación filosófico-materialista que Marx le habría dado al «asumir el principio sensualista»; esto es, Marx habría resuelto la oposición entre entendimiento y sentidos implícita en la discusión filosófica sobre «lo estético», al tomar partido por Feuerbach frente a Hegel, al defender la tesis de que el «hombre no sólo se apropia del mundo objetivo mediante el pensamiento, sino con el auxilio de todas sus fuerzas o facultades, en especial, de los sentidos»[2]. Ya estudiaremos esta referencia a Marx más adelante, cuando Marchán profundice en ella, por ahora digamos solamente que el error más obvio de Marchán aquí es creer que Marx se pone de parte de Feuerbach, como si aquél fundara su realismo en la pura discusión filosófico-argumental. Lo que Marx hace en los Manuscritos es algo muy distinto: el joven Marx se pone del lado de la vida real, es decir, no se pone del lado de la vida teórica de los filósofos, sino de la vida material del proletariado; por eso se opone al dominio de clase y a la explotación del trabajador; por eso discute los problemas de la enajenación y del comunismo; y por eso distingue entre las categorías meramente teóricas y las categorías fundadas en la actividad práctica total del hombre real. Es durante esta toma de partido por la vida real, por el estudio de la propiedad privada y la enajenación en la sociedad capitalista y en la historia, cuando Marx habla del arte como otra forma de producción y de apropiación, sin ver en él en ningún momento una «forma de conciencia» específica, como cree Marchán.

También según la tesis de Marchán, «la superación de la universalidad abstracta de lo estético, tema éste decisivo desde el Iluminismo»[3], es una de las metas a las que apunta el pretendido proyecto de resolución de las antinomias que habría emprendido Marx. El error general de Marchán es traslapar en toda su exposición dos temas que el joven Marx distingue perfectamente y trata por separado. Si bien este Marx de los Manuscritos habla de una dialéctica o de una reciprocidad entre el pensar y el ser, entre la conciencia y el acto, entre la teoría y la práctica, no quiere decir con esto que la acción empírica del proletario y la enajenación de su conciencia se superan en una síntesis filosófico-retórica de los opuestos. Por lo contrario, el joven Marx dice que la solución es abandonar el discurso enajenante para resolver el problema por la vía práctica. Empeñado en sostener su tesis, en explicar el aporte del Marx de 1844 como el consecuente resultado de la evolución histórica de lo estético-político y al mismo tiempo como la superación sin precedentes de todas las antinomias del clasicismo filosófico y el iluminismo, Marchán también inscribe en el socialismo utópico la presunta participación del joven Marx en la utopía feuerbachiana[4]. El carácter utópico del socialismo de Owen o Fourier, por ejemplo, proponía cambios aislados y progresivos dentro de la sociedad capitalista, no proponía su inmediata y radical transformación. Apelar a la tolerancia de la sociedad capitalista para que permitiera la existencia de comunidades aisladas o independientes equivalía a apelar a la filantropía, a la solidaridad o a la caridad cristiana de aquéllos que obtenían su riqueza principalmente de la explotación de los obreros; es decir, se dejaba la solución en manos del Estado, del Capital o de la sociedad burguesa, pero no en las del obrero explotado, que era el que llevaba una existencia infrahumana. El joven Marx no «perfecciona» este discurso de apelación, no invierte, ni «corrige» los términos, sino que hace ver que un problema real sólo puede resolverse de una manera real, esto es, por medio de la acción real, no con la argumentación vacía de la economía, de la política o de la filosofía. En cuanto a la utopía de Feuerbach, que —siguiendo a Marchán— se inscribiría en la utopía social del Iluminismo, y por igual en la estética antropológica de Kant y Schiller, hay que decir que quiere liberar al hombre del sometimiento en que lo ha tenido la religión, el miedo a lo sobrenatural o las representaciones divinizadas de la naturaleza y la vida, pero no en el Estado social donde ese hombre vive, no en la sociedad capitalista, sino en el pensamiento, en la mera reflexión filosófica. A diferencia de lo que hace el Marx de 1844, quien funda sus conceptos filosófico-económicos en el hombre concreto, en el proletario, Feuerbach se vale del hombre teórico de la fisiología para elaborar el concepto abstracto del hombre de la nueva filosofía, de la filosofía del futuro. Vale decir: mientras Marx va de lo abstracto a lo real, Feuerbach sólo va de la ciencia a la filosofía o, lo que es lo mismo, se queda todo el tiempo en lo abstracto. Apuntemos de paso que la filosofía del futuro de Feuerbach no es la que está por venir, sino la que él ya ha formulado y que las nuevas generaciones tendrán que aprender. Por otro lado, aunque se pueda decir que hay un comunismo del futuro en el joven Marx, también es necesario reconocer que hay un comunismo del pasado y del presente, por tanto, un comunismo real, y en el balance general éste pesa más que aquél que pudiera tacharse de utópico o irreal.

Después de la presentación de los puntos que le interesa destacar, Marchán comienza a discutir el asunto de los sentidos, la sensibilidad, y la especificidad de la apropiación del arte en lo que para Marchán es la teoría general de la apropiación en Marx y, desde luego, en los precedentes teórico-históricos de éste. En particular resalta lo que en su opinión son coincidencias y diferencias entre Marx y Feuerbach, e incluso en relación con otros precedentes de Feuerbach, como Schelling y Novalis, que revelan no sólo una influencia, sino también una deuda del primero con el segundo, pues la tesis de la corrección de los argumentos filosóficos, que defiende Marchán, sigue reduciendo la aportación de Marx al inédito o sin precedentes proyecto de resolución de las antinomias. La discusión de Marchán comienza con una metáfora de aires cientificistas, que debería aclararnos el sentido en que éste entenderá el asunto: «El pleno reconocimiento de lo estético, como primer momento, irradia en el espectro más amplio de la reivindicación de los sentidos y la sensibilidad»[5]. La importancia de este concepto de la sensibilidad es tal, asegura Marchán, que aun pensando en él sólo en su sentido estético «aunque Marx lo emplee en su sentido originario (que Baumgarten lo identificaba con la estética y Kant procuraba evitarlo)» el mismo «se inserta en el ámbito de la apropiación del mundo a través de los sentidos, de la que la Estética sería uno de sus capítulos»[6]. Una rápida lectura a la Estética[7] de Baumgarten nos hace ver que éste entendía por conciencia sensible, no la percepción específica de lo bello, sino por lo contrario la percepción deformada de las cosas, en particular de las cosas bellas, que todavía debía ser elevada a su cabal perfección —al grado de conocimiento universal y católico—; por medio de una intuición sensible o una intuición filosófico-estética; por medio del arte mismo, no por medio de la ciencia racional. Si este es el «sentido originario» de sensible, no es el que admite el Marx de los Manuscritos; por lo menos éste no sostiene ahí que la conciencia sensible sea de por sí una apropiación deformada de las cosas, ni siquiera de las cosas bellas; para él la deformación o la enajenación es el resultado de vivir en un Estado social, en la sociedad capitalista, que, por medio de la apropiación de los productos de la actividad real de los individuos, destruye la unidad orgánica de la teoría y la práctica y convierte a la una y la otra en dominios económico-sociales absolutos e incompatibles. La costumbre estética, por otra parte, nos indica que la sensibilidad es aquella disposición o goce espiritual que sienten las personas por el arte y la literatura, sea porque los practican, sea porque les interesan o atraen. El crítico de arte (o el esteta) llega a considerarse mucho más sensible que el propio artista, sea músico, sea pintor, sea escultor, por el simple hecho de creer que puede disfrutar con mayor intensidad la obra de arte; porque cree que ha nacido con el don divino de ese disfrute o porque cree que se ha cultivado racionalmente para apreciar lo bello y lo elevado. Feuerbach por lo contrario entiende la sensibilidad como la prueba de que la esencia humana no es pura razón, sino también corazón, también sentimientos. El joven Marx no se opone del todo a este entendimiento sensible, a este sentido empírico-intuitivo del término que emplea Feuerbach, pero no encuentra la solución del problema de la escisión de los sentidos y los sentimientos en la abstracción puramente teórica de la vida que defiende la nueva filosofía feuerbachiana.



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NOTAS:

[1] Combalía, Victoria y otros; El descrédito de las vanguardias artísticas; Colección BB; Editorial Blume; Barcelona, 1979; p. 20.

[2] Ibíd.; subrayado de Marchán.

[3] Ibíd.; subrayado de Marchán.

[4] Ibíd.

[5] Ibíd.; subrayado de Marchán.

[6] Ibíd.; pp. 20-21; subrayado de Marchán.

[7] Bavmgarten, Alexand. Gottlieb; Aesthetica; Traiecti cis viadrum; Ioannis Christiani Kleyb; 1750.

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