lunes, diciembre 30, 2013

La crítica contemporánea de arquitectura

POR MARIO ROSALDO


Aunque todos estos años nos hemos dedicado a la crítica de los textos que tratan directamente de arquitectura, o que de algún modo se relacionan con ella, nunca hemos adjetivado nuestro trabajo ni como filosófico, ni como intelectual. Hasta donde sabemos, el filósofo defiende ante empiristas el papel central de su ciencia, sea que la considere metafísica, sea que la considere epistemológica. Igualmente entendemos que el intelectual se ve a sí mismo como una de las autoridades morales de la sociedad en que vive, juzgándola democrática o no. Nosotros ni defendemos ese papel central de la filosofía, ni nos vemos como autoridad moral alguna con derecho a decir qué debería o qué no debería hacer la sociedad actual o del futuro. Tampoco defendemos el papel central del arquitecto en la transformación de la sociedad, como han hecho las «tradiciones» moderna y posmoderna. Nuestra crítica simplemente expone las incongruencias en los razonamientos de los autores que estudiamos, lo que significa que señalamos los puntos débiles del debate para que las nuevas generaciones de arquitectos y de críticos de la arquitectura tomen nota si así lo desean. Nuestra crítica no intenta evitar que se repitan ni se agranden los errores, porque, aun si eso fuera posible, a cambio seguramente se cometerían otros. De hecho, además de los errores involuntarios que nuestro trabajo crítico necesariamente contiene, se deberán tener en cuenta también los errores de quienes nos interpreten a partir de sus propias circunstancias y condiciones. Dicho lo anterior, y para resumir un poco estos ocho años recién cumplidos de publicaciones en Ideas Arquitecturadas, queremos presentar a continuación una reflexión sobre la crítica y sus problemas.



LA CRÍTICA CONTEMPORÁNEA DE ARQUITECTURA

En nuestras sociedades todo está hecho para que los estudiantes de arquitectura, los arquitectos, o cualquier estudiante y cualquier profesional, renuncie al estudio crítico de su área específica del conocimiento. La lección económica fundamental es que no hay tiempo que perder profundizando en los temas. Debe bastarnos el aplicar con criterio lo que se nos enseña a toda prisa, más en función de las instituciones, las formalidades, los horarios y los programas que de nuestras necesidades individuales; pues, según las determinantes sociales, estudiantes y profesionales tienen que alcanzar metas, cubrir etapas, crecer, relacionarse, progresar, triunfar, ser reconocidos, etc., etc. La fricción entre lo que se nos dice que debemos hacer y lo que nuestra propia necesidad exige hace que dejar de ser críticos ocasionales para volverse críticos profesionales no sea nada fácil. De hecho, su irresolución se puede convertir en un serio conflicto existencial. Una es la necesidad de criticar, discernir, poner en tela de juicio todo lo que se nos presenta como verdad, y otra la realidad social que impone la integración de los individuos al mundo laboral, el producir y no pensar tanto, no sólo para vivir de algo más o menos seguro y subsistir, sino también para poder formar una familia, esto es, para reproducirse y dejar descendencia. En una sociedad capitalista, el ciclo de la vida natural no puede cumplirse libremente, tiene un precio y debe pagarse productivamente cada vez que se manifieste.

No obstante lo anterior, siempre hace falta criticar nuestra existencia y los conceptos que de ella hemos deducido, para no darlos simplemente por hechos, o para entender lo que hacemos. La razón de esta necesidad no tiene nada que ver con defectos en nuestra formación como individuos modernos, posmodernos o simplemente actuales, ni con nuestro origen de clase, sino más bien con el hecho de que el ser humano no pueda realizar ninguna actividad sin que se vea empujado a criticar o discernir los objetos que tiene ante sí, sean físicos, sean intelectuales. La palabra crítica es un invento de los helenos, pero la realidad a la que nos remite es la de la especie humana. La crítica es una actividad que resulta de la necesidad de supervivencia y que, con el desarrollo de la sociedad que la practica, se transforma en crítica del pensamiento y de la existencia. Creer que la crítica pertenece únicamente a los iniciados o a los intelectuales, y que además es sólo una censura, una visión negativa de las cosas, es concebirse a sí mismos como seres humanos disminuidos. La crítica es también una rebelión contra este tipo de concepciones autoflagelantes. Es justamente este carácter social de la crítica, que no se reconoce, en especial cuando es radical, lo que permite que surjan críticos de arquitectura o de arte, aquí y allá, si bien sujetos a su circunstancia y sus condiciones.

Durante las últimas dos décadas se ha evidenciado una nueva tendencia en el campo de la crítica de arquitectura. La aparente radicalidad de la crítica de los setenta se ha desvanecido para dar paso a una crítica más ecuánime, o más madura, a decir verdad: más del gusto de las instituciones conservadoras. Esto es resultado en parte del agotamiento que los viejos debates de izquierda han experimentado, pero también de los propios planteamientos de la crítica radical de esos años. Esa aparente radicalidad consistió por algún tiempo en poner frente al lector el problema de la transformación social, que en un mundo dividido entre la derecha y la izquierda, era un tema obligado, por lo menos para sociedades que apuraban su desarrollo. El dilema a flor de piel era si los arquitectos debían participar en la transformación social, o si por lo contrario debían permanecer al margen como mudos testigos de la historia. Pero esto en el fondo no era más que el viejo planteamiento de si, como actores de la transformación social, los arquitectos debían unir arte y política, o si, como sus simples espectadores, debían dedicarse sólo a un arte puro, a un arte libre de contaminaciones ideológicas. El mundo dividido en derecha e izquierda los ponía a prueba haciéndolos elegir entre la lucha armada o la transformación pacífica y democrática. Para fines de los setenta comenzó a ser común entre los críticos de arquitectura hablar de un impasse, de una especie de callejón sin salida, para caracterizar la crisis teórica que se vivía en el campo de la arquitectura. Los ochenta trajeron la destrucción de la bipolaridad geopolítica que enfrentaba dos mundos, el representado por los EE UU y Europa Occidental, por un lado, y el encabezado por la URSS y los países del Este europeo, por el otro. Por diversas razones, los ochenta y los noventa fueron considerados décadas perdidas. Como restos del naufragio teórico de los setenta, poco a poco se dieron a conocer las ideas de los posmodernistas y de los constructivista-deconstructivistas. La preocupación social de los setenta finalmente había dado paso a la despreocupación teórica y anárquico-formalista del nuevo esteticismo mecánico y tecnológico.

En este nuevo marco, ahora es posible vivir de la crítica de arquitectura como maestro de la materia en alguna universidad, en los cursos de especialización, o como articulista y reseñador para alguna editorial, o para alguna revista impresa o digital. Como asalariado o free lance, se puede hacer una crítica profunda si se quiere, pero el lector actual, que en general sólo busca ser sorprendido o complacido, hace posible ya que la crítica de arquitectura no sea más que una colección de frases vistosas y nombres de personajes de moda. Se puede decir, pues, que el estudiante o el profesional que se interese en la crítica de la arquitectura como un medio de vida, o como complemento del mismo, encuentra en las nuevas condiciones una gran oportunidad para intentarlo en serio. Por lo general, la crítica que permite vivir cómodamente, o hasta llevar una vida llena de glamour, es la crítica que se hace «desde dentro», que se limita a censurar la conducta de algunos individuos o grupos, en términos moderados o de plano amarillistas, pero que suele recibir premios y aplausos. Trabaja lo mismo el ensayo histórico que el literario, la biografía que la reseña, o el reportaje que la crónica. Quienes eligen este tipo de crítica tienen que competir duramente para sobresalir. Descubren que, para posicionarse en el mercado, deben no sólo elegir temas novedosos o de interés actual, sino a la vez poseer un estilo, un lenguaje atractivo y propio, y contar, por supuesto, con el adecuado respaldo editorial y promocional.

Si bien la mayoría parece preferir esta crítica que navega en aguas seguras, o que más bien navega en la seguridad de dos aguas, no faltan los que creen posible «otra» crítica, aquélla hecha «desde fuera», aquélla que desafortunadamente no recibe más que la indiferencia o el desprecio de la mayoría, pero que da continuas satisfacciones personales, e incluso reconocimientos públicos muy de cuando en cuando. Aquí, el hacer crítica «desde fuera» no siempre significa haber cortado los lazos con la realidad social, de hecho raras veces significa eso. Mayormente quiere decir que no se ejerce la crítica en el marco de instancias oficiales, pero si de instituciones privadas, autónomas o de oposición. Cuando ocasionalmente se habla de una ruptura total, ésta es más bien simbólica, pues por más que se imagine y se crea que se vive en una realidad aparte, eso no es verdad, es únicamente un espejismo. De esta oposición entre las críticas, que solemos estimar real porque podemos leer textos que la avalan, porque hay críticos que proclaman sistemáticamente su «interioridad» o su «exterioridad», se deduce equívocamente que la contradicción implícita es lógica y necesaria. Por lo que la conclusión inevitable del supuesto silogismo es que el crítico se limita a vivir en la «realidad» o a fingir que vive «fuera de ella» practicando una doble moral. Sin embargo, este es un esquema fijo, que no corresponde del todo a la realidad que hemos tomado como referencia, pues, el crítico en general concibe el estar «dentro» o «fuera», como un procedimiento momentáneo o alternado. Una comparación, a manera de ejemplo: así como algunos científicos se distancian de las ideas religiosas cuando están en el laboratorio, pero vuelven a ellas una vez que conviven en familia o se relacionan con la comunidad, así también algunos críticos se distancian de la «interioridad» solamente mientras intentan ser imparciales y vuelven a ella tras el esfuerzo de abstracción o análisis. No dudamos de que haya críticos que se ubiquen «dentro» o «fuera» permanentemente, como quienes creen merecer el triunfo constante y el reconocimiento vitalicio; o quienes se aíslan para vivir de manera autosuficiente y al ritmo de sus necesidades. Pero una cosa es imaginar que se vive todo el tiempo en la «interioridad», o en la «exterioridad», y otra muy diferente que esa separación entre el ser y el pensar, y entre el individuo y la sociedad, sea algo más que una simple abstracción. Por lo demás, este esquema del criticar «dentro» o «fuera» es apenas una forma elemental de presentar el problema. Otra más compleja es pensar que en realidad lo que tales expresiones intentan referir es que el crítico, o bien se identifica con la clase social dominante, o bien se distancia de ella para juzgar un hecho o un dicho con imparcialidad. Para el crítico que anhela el reconocimiento social, la identificación con la clase dominante es esencial. Caso distinto es el del crítico que aspira a la objetividad sin importar su origen social. Para él, el conocimiento no está condicionado por los intereses de clase, sino por la existencia real del mundo y de la vida.

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