sábado, julio 29, 2006

Proyecto y método en arquitectura (Séptima parte)

POR MARIO ROSALDO
ACTUALIZACIÓN 13 DE JUNIO DE 2013



Al decir que la «acción operativa» de Gropius es del tipo «que sigue al racionalismo en general», De Fusco se ve ante el problema de la definición de lo que es, o puede ser, el racionalismo.

Su discurso toma dos caminos. Por un lado, y como ya hemos visto en su explicación del asunto de la práctica política partidista y la politización de la teoría de Gropius, De Fusco asocia el racionalismo con «una praxis», es decir, con una actitud ética y política (teórica y práctica) propia de un intelectual comprometido. Por eso, al mismo tiempo, evita reducir el racionalismo a la pura práctica económica, a la pura racionalización u optimización de los esfuerzos y el aprovechamiento de los materiales. Conque, sólo a regañadientes acepta que el racionalismo pueda ser considerado como «una opción… de comportamiento práctico»[1]. Por el otro lado, De Fusco asocia el racionalismo con la ideología en cuanto concepción del mundo, en este caso proveniente de la arquitectura.

Comienza argumentando que aunque se dan «no pocas» analogías entre las obras de Gropius y Le Corbusier si basamos el racionalismo «en el principio de que las formas esterométricas son las más funcionales, dan el máximo de resultado con el mínimo empleo de medios y realizan también la idea de una perfección clásica», en cambio, si estudiamos el racionalismo de Le Corbusier y Gropius desde el enfoque ideológico, se advierte que ambos tienen una postura «notablemente diferente; lo que confirma la inexactitud conceptual del término racionalismo»[2]. Para corroborar esto, De Fusco sólo nos invita a leer la página 29 de Letteratura e vita nazionale de Antonio Gramsci (1891-1937), pero no nos dice cómo interpretarlo o cómo lo interpreta él[3]  y adjunta la cita de Argan donde la racionalidad de Le Corbusier queda definida «como un sistema» y «grandes planes que deberían eliminar cualquier problema», mientras que la racionalidad de Gropius se define «como un método que permite localizar y resolver los problemas que sucesivamente va ofreciendo la existencia»[4]. Al respecto, De Fusco anota:

«Este juicio de Argan expresa perfectamente la divergencia de ambas concepciones y señala el punto de vista con el cual estudiar la teoría de Le Corbusier, aquella teoría que Persico aconsejaba superar y subordinar a su arquitectura»[5].

Y complementa:

«A la citada distinción hay que añadir que el rigor metodológico de Gropius se agota en un área cuantitativamente más limitada que Le Corbusier, que actúa por verdad revelada. La escala de intervención promovida por este último será por lo tanto mucho mayor que aquella donde actúan o teorizan los arquitectos alemanes»[6].

A partir de ese momento entendemos que De Fusco se apresta a estudiar y exponernos lo que es el racionalismo y la ideología de Le Corbusier. Pero, ¿qué es lo que se puede interpretar de la cita de Argan? Veamos. La visión de éste último es negativa respecto a Gropius. Argan compara el racionalismo de uno y otro y concluye que el racionalismo de Le Corbusier es superior al del arquitecto alemán, porque a diferencia de éste, Le Corbusier sí tiene una perspectiva sistemática, unitaria, totalitaria, mientras que el otro más bien se limita a su pequeño feudo. El concepto de racionalismo en Argan se relaciona, pues, con la planeación teórica y física; con proyectos de planificación a gran escala, con la posibilidad de realizar enormes o profundos cambios en el conjunto de la sociedad. De Fusco, por el contrario, estima que la pequeña escala de los problemas planteados por Gropius, lo lleva al verdadero compromiso social que Le Corbusier nunca asume del todo.

Tenemos entonces que el planteamiento de Argan es interpretado con signo contrario, dándole un giro de 180 grados. De Fusco deja, así, trazado el camino a seguir: nos mostrará que esa falta de compromiso en Le Corbusier tiene que ver sobre todo con su ideología, con su «idea sociológica». Primero enumera las fuentes que dan origen al sistema lecorbusierano: «desde la Ilustración a Saint-Simon, desde Viollet-le-Duc al Werkbund, desde las utopías urbanísticas a la ciudad industrial de Garnier...»[7] Y, sin mostrarnos cómo se da este proceso que origina el pensamiento sociológico del arquitecto suizo-francés, De fusco se limita a citar a G. De Carlo para asegurar junto con éste que la teoría arquitectónica de Le Corbusier consiste en una mera reelaboración de los conceptos heredados, sólo que presentados «en una enunciación sintética tan sugestiva que parece inédita»[8]. Sin interesarse tampoco en discutir el «determinismo inicial» al que en realidad se refiere la cita de De Carlo, nuestro crítico pasa a elegir el «documento típico de la postura de Le Corbusier el ensayo Architecture ou révolution»[9]. A través de citas y sus correspondientes interpretaciones, De Fusco se dedica a analizar dos aspectos del concepto de revolución que Le Corbusier expone en dicho escrito. El primero tiene que ver con las transformaciones de la sociedad y el segundo con los cambios de la construcción y la arquitectura. En el primer caso el concepto le resulta ambiguo: «vale como radical transformación del orden social y como renovación interna y técnica de la misma sociedad capitalista»[10]. Y, en el segundo caso, le queda claro que Le Corbusier habla de que «ha tenido lugar una revolución respecto al pasado gracias a los nuevos instrumentos y a su empleo revolucionario»[11]. Con todo, a él le parece que «Al final del ensayo los dos significados del término revolución tienden a fundirse hasta el punto de manifestarse, como era previsible, el intento de resolver la revolución social con la genéricamente técnico-progresiva»[12]. Recordemos que el ensayo en cuestión termina con dos ideas famosas de Le Corbusier: la antítesis «Arquitectura y revolución» y la conclusión lapidaria de «Se puede evitar la revolución».

Haciendo el balance de Architecture ou révolution, De Fusco se enfrenta con el reto de tener que explicar el carácter decisivo de las influencias establecidas por él y De Carlo desde un principio y, a la vez, lo que hace peculiar la postura de Le Corbusier. Encuentra que el arquitecto suizo-francés comparte «las mismas ilusiones y oposiciones en relación al progreso científico, la producción industrial y una más racional división de los bienes que la burguesía y los intelectuales moderados»[13]. Lo que lo diferencia políticamente tanto del marxismo como del socialismo utópico, pues el primero subordina «las reformas parciales a la transformación de la estructura económica y política»[14]. Y, el segundo, propone reformas inmediatas «… mientras se resuelve la situación general…»[15] Frente a los marxistas, Le Corbusier «considera que las reformas arquitectónica-urbanísticas sirven incluso a la conservación del sistema económico-productivo.» Y, frente a los socialistas utópicos, él ve las reformas «como un remedio total capaz tout court de resolver cualquier contradicción»[16].

Ahora bien, veamos cuáles son las implicaciones de todas estas ideas. De Fusco comienza el análisis declarando fidelidad a su método crítico, planteando de entrada que hay que explicar la peculiaridad de la postura de Le Corbusier a partir de la influencia del medio social y de la tradición cultural. En su declaración llega a sostener abiertamente que Le Corbusier no es capaz de forjar sus propias ideas, sus propios conceptos; a lo más que puede aspirar es a reelaborar lo ya existente y predeterminado. Y esto valdría para todo hombre que pudiera estudiarse. Pero, si nuestro crítico intentara responder a la pregunta de Jean-Paul Sartre, la de por qué no todos los pequeño-burgueses son un Paul Valéry, no bastaría su presunción de que sólo hay originalidad en el pensamiento de las clases sociales o de la época pero no en los individuos.

En efecto, el hecho de que Le Corbusier comparta «las mismas ilusiones y oposiciones» de la burguesía o de los intelectuales de su época, no explica en absoluto el por qué éste pensó así y no de otra manera, el por qué pese a ser ilusiones y oposiciones compartidas, y determinantes, no surgieron otros individuos como Le Corbusier. Lo anterior deja en claro que De Fusco procede como Argan, sólo que a la inversa. Gropius y Le Corbusier son puestos frente a frente para hacer de uno u otro el campeón momentáneo. Argan prefiere ligeramente a Le Corbusier sobre Gropius, porque aquél, aunque burgués y contradictorio, por lo menos parece tener pretensiones de mayores alcances sociales. Por su parte, De Fusco prefiere a Gropius porque éste parece expresar el tipo de política cultural que libera al individuo del partido y de la teoría oficial, que el propio De Fusco defiende. Argan minimiza la importancia teórica y práctica de Gropius frente a Le Corbusier, y otro tanto hace De Fusco con Le Corbusier respecto a Gropius. Argan nos remite al marxismo-leninismo y De Fusco a la exégesis. Aquél censura lo que llama la fenomenología de Gropius, y De Fusco asume esta fenomenología como su método, aunque lo hace sólo en parte o de manera ecléctica. Si bien Argan considera fallido a Le Corbusier, De Fusco se explica el éxito del arquitecto suizo-francés como resultado, no de su originalidad, sino de la «divulgación de la tradición cultural francesa y la guerra ganada en nombre de los ideales democráticos…». Son estos aspectos los que, en su opinión, «contribuyen a hacer el ambiente europeo particularmente receptivo a la polémica de Le Corbusier que se dirige, salvo raras excepciones, al hombre de la calle»[17].



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NOTAS:

[1] De Fusco, Renato; op. cit.; p. 163.

[2] De Fusco, Renato; op. cit.; p. 165.

[3] Gramsci opone las fuerzas racionales al actuar instintivo, desordenado, y establece una relación orgánica, o bloque histórico, entre base económica e ideología, entre teoría y práctica, entre ética y política, y entre los “simples” y los intelectuales: su filosofía de la praxis comienza con la crítica del “sentido común”.

[4] Véase la cita completa líneas arriba, en el Apartado 1. La nota  [1] de la Cuarta parte remite a la cita.

[5] De Fusco, Renato; op. cit.; p. 165.

[6] Ibíd.

[7] Ibíd.

[8] Ibíd.

[9] De Fusco, Renato; op. cit.; p. 166.

[10] Ibíd.

[11] Ibíd.

[12] Ibíd.

[13] De Fusco, Renato; op. cit.; pp. 167 y 168.

[14] De Fusco, Renato; op. cit.; p. 168.

[15] Ibíd.

[16] Ibíd. Subrayado original.

[17] De Fusco, Renato; op. cit.; p. 169.

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