domingo, septiembre 30, 2012

Los efectos de la filosofía en la crítica arquitectónica

POR MARIO ROSALDO 


En estos días hemos estado dedicados a estudiar uno de los libros de Rafael López Rangel, Diseño, sociedad y marxismo[1]. Originalmente hemos elegido este trabajo porque ahí discute el autor, como en ninguna otra parte de su obra —según nos parece— el concepto de diseño, y el de arquitectura, en relación con la que sería la interpretación correcta del modelo marxista de la realidad social, a saber, el de la base económica y la superestructura, En otras palabras, nos interesa discutir la participación que tiene Engels, con sus cartas acerca de la ideología como «falsa conciencia», en la constitución de la interpretación monista y dialéctica que abraza López Rangel, pero también otros autores como Ernst Fischer, cuyo libro Lo que verdaderamente dijo Marx[2] hemos estudiado desde principios de junio hasta principios de septiembre de este año (2012). López Rangel aborda este asunto, que involucra a Engels, en su capítulo «Diseño y totalidad social concreta», del cual, debemos decir, estamos haciendo todavía su crítica. Nuestros propios estudios de Marx nos han llevado a ver el mencionado modelo social desde un ángulo muy diferente al de Fischer o al de López Rangel, por eso iniciamos el trabajo crítico pensando en que no encontraríamos en la exposición de este último ningún dato pertinente que nos hiciera cambiar de opinión. Con todo, inesperadamente, el libro de López Rangel nos ha hecho reflexionar sobre la idea equivocada que teníamos de sus primeros escritos y, en particular, sobre lo que habíamos considerado su paso de la economía a la cultura como campo propio de la arquitectura.

Comenzamos a leer la obra de este investigador y crítico hacia fines de los años setenta, cuando estábamos concluyendo nuestros estudios profesionales. Sus escritos nos llamaban mucho la atención no sólo porque la crítica arquitectónica nacional era —como ahora es todavía— muy escasa, sino también porque tomaban partido por un punto de vista que entonces cualquiera podía vincular con la transformación radical y positiva de la sociedad mexicana. En esos años de lecturas apresuradas y emocionales, era fácil adoptar el tono de los escritos de López Rangel, o asumir, como él parecía hacerlo, que la arquitectura era una «mercancía». Sus textos también nos inspiraron a leer autores como Adolfo Sánchez Vázquez, Karel Kosik o Roberto Segre. A principios de los ochenta, sin embargo, sentimos que López Rangel había dado un giro en su posición teórica; nos parecía que, al ubicar la arquitectura en el campo de la ideología, había dejado el enfoque materialista histórico para incorporarse a las filas de la sociología y la antropología culturales. Nunca intentamos corroborar si teníamos razón o no en nuestra apreciación respecto a este supuesto deslizamiento de una posición a otra de López Rangel. Preferimos creer que el giro era real y que mucho tenía que ver su nueva relación laboral y amistosa con Fernando Tudela.

Ahora que estamos leyendo con mucho mayor cuidado la exposición teórica de López Rangel, y que hemos vuelto a ojear sus libros de los setenta (Arquitectura y subdesarrollo en América Latina[3] y Contribución a la visión crítica de la arquitectura[4]), o el libro, por él tan preciado, de Kosik, Dialéctica de lo concreto[5], hemos podido darnos cuenta de que, en efecto, desde fines de los años sesenta[6], y por eso mismo durante todos los setenta, nuestro autor adoptaba ya la interpretación monista y dialéctica del modelo de la base real, o económica, y la superestructura. Esto es, concebía la arquitectura lo mismo como un medio de producción que como una superestructura, ambas cosas al mismo tiempo. Rechazaba expresamente que se la pudiera concebir como un mero reflejo de la producción, de la base material, y menos aún que se la separara de la totalidad social o histórica. A pesar de estas evidencias recién encontradas o rescatadas por nosotros mismos, nos parece notar todavía que —en esos escritos de los sesenta y setenta— López Rangel da un mayor peso a las condiciones materiales, o sociales, que a la superestructura misma. Una explicación probable, contra nuestra observación, es que él procede de esta manera porque está queriendo demostrar al lector, marxista, o no marxista, que, además de pertenecer al nivel de la ideología, donde el idealismo y el materialismo mecanicista colocan las diversas formas de arte, la arquitectura también pertenece al nivel de la base material, pues ella misma es un medio de producción.

Nuestra resistencia a aceptar un punto de vista semejante proviene del hecho de que en Diseño, sociedad y marxismo López Rangel ya no enfatiza tanto esa base material como la ideología, pues va en pos, no de las condiciones materiales que hacen posible la producción arquitectónica y del diseño en general, sino de los significados que dicha producción suscita en la teoría y la crítica de aquélla y de éste. Es decir, si en los sesenta y setenta ponía el acento en la arquitectura como parte de la producción, como medio de producción mismo, en 1981 lo pone, no tanto en el diseño como actividad práctica y como objeto, a pesar de que asegura que no los pierde de vista, sino en el diseño como «problemática» histórica; esto es, en el diseño como problema de conocimiento, como problema filosófico. En los setentas declaraba que la unidad total y dialéctica de lo económico y lo ideológico no era obstáculo para que lo primero determinara lo segundo, así fuera solamente en «última instancia». Si, por un lado, se esforzaba por resaltar la importancia de lo ideológico por, el otro, no podía evitar tener que reconocer la prioridad de lo económico. Pero a principios de los ochenta, su posición es muy distinta. Esta vez toma como punto de partida la conciencia del investigador, del crítico de arquitectura, del diseñador; o, lo que viene a ser lo mismo: la crisis teórica del diseño. La justificación de este cambio de perspectiva es retórica: el investigador que se apega al enfoque monista y dialéctico puede estudiar ya lo teórico ya lo práctico, si presta una «atención simultánea» a la totalidad y a la parte. Parece seguir a Kosik cuando esboza la idea de que el objeto diseñado es una mercancía, un objeto físico que forma parte de la producción y del mercado, pero que, así como hay que encargarse de este objeto, de la «cosa misma», hay que entender también —y acaso con la urgencia que demanda la crisis— el fenómeno de su creación estética y de su producción social. Seguiremos estudiando su libro y haremos las correcciones pertinentes a nuestra opinión.



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NOTAS:

[1] López Rangel, Rafael; op. cit.; Editorial Concepto; México 1981.

[2] Fischer, Ernst; op. cit.; M. Aguilar Editor; México, 1970.

[3] López Rangel, Rafael; op. cit.; Departamento de Investigaciones Arquitectónicas y Urbanísticas de la Universidad Autónoma de Puebla; Puebla, 1975.

[4] _________; op. cit.; Departamento de Investigaciones Arquitectónicas y Urbanísticas de la Universidad Autónoma de Puebla; Puebla, 1977.

[5] Kosik, Karel; op. cit.; Editorial Grijalbo; México, 1976.

[6] Los escritos de los años sesenta aparecen en los números 34 y 42 de la Revista Calli de los años 1968 y 1969 respectivamente, ambos forman parte del capítulo «Problemas teóricos de arquitectura y diseño» (pp. 134-156) de Contribución a la visión crítica de la arquitectura.

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