miércoles, noviembre 19, 2008

La realidad es un buen pretexto para escribir (de) poesía

POR MARIO ROSALDO
ACTUALIZACIÓN: 15 DE DICIEMBRE DE 2013



Lo que expondremos a continuación es un fragmento del final del estudio que realizamos a principios del año 2007 sobre el libro La divina pareja, historia y mito en Octavio Paz de Jorge Aguilar Mora[1]. Lo publicamos ahora en parte para cumplir con nuestra promesa hecha en uno de los artículos de Proyecto y método en arquitectura, al tratar sobre el concepto de la tradición de la ruptura, pero también para festejar nuestro tercer aniversario al frente de este blog, que es siempre una invitación a afinar la crítica. Confesamos que hemos leído y releído muchos libros, pero no hemos estudiado todos por escrito, de ahí que ahora estemos dedicados a esta tarea que parece a destiempo y que, sin embargo, es necesaria e inspiradora. El título de este artículo lo hemos tomado de una de las notas con las que resumimos una de nuestras relecturas de El laberinto de la soledad, tal vez del 2005, y se refiere a la idea de Paz según la cual el poeta se interesa no tanto en la realidad misma como en las palabras que hemos creado para designar esa realidad.





(…)

Aguilar Mora inicia su análisis de El laberinto[2] de esta manera: «¿Qué sentido puede tener el análisis de la tradición para mi interpretación de El laberinto de la soledad[3]

Una lectura rápida de esta segunda parte de su estudio de El laberinto nos ha dejado una mejor impresión. En la primera, Aguilar Mora ha forcejeado un poco para crearse un marco teórico de referencia y, acaso por tratarse originalmente de una tesis de doctorado, nos ha presentado el forcejeo como un borrador introductorio. En esta segunda parte, que es el verdadero análisis del libro de Paz, tal vez veamos en acción algunos de esos instrumentos-conceptos que ha elaborado.

El primer paso que da es relacionar la tradición «falsa» de Paz con el historicismo del medio académico de la época en que éste escribe. E insiste en tomar por ideología esa «falsa» tradición (dice que Paz recibe el concepto de tradición de la ideología dominante). Discursivamente, esto nos parece convincente, pero la pregunta es cómo y por qué Paz «recibe» tal concepto, cómo y por qué no puede criticarlo. ¿Significa esto que todos, incluso Aguilar Mora, estamos condenados a ser determinados por la ideología dominante de la época? Si la respuesta es no, ¿qué es lo que lo evita?

Después del trago amargo del mencionado forcejeo teórico, Aguilar Mora por fin nos ofrece una definición del concepto de tradición que reconoce explícitamente como suya: «Muy al contrario de lo que me parece a mí que es la verdadera tradición (al menos su mecanismo); no es lineal sino perspectiva, no es unidimensional sino voluminosa (concentración en un punto de todo el plano de una pirámide: todo el pasado ahí en el presente); no tiene dirección, sino relaciones con el presente, con cada presente (con la sucesión de los presentes y con la historia dominante); no tiene fin porque se está siempre renovando: que tuviera fin implicaría que el presente puede terminar, que el presente no pasara, que el presente no se convirtiera en pasado. (El presente eterno de Paz es, en la práctica, la negación del pasado como concentración y vehículo del presente)»[4].

Esta definición de Aguilar Mora más que ilustrarnos sobre la tradición, nos sumerge en la problemática del historiador, en el «mecanismo» teórico de lo que daría, por así decirlo, vida a la tradición; cuando mucho nos ilustra sobre el camino por el cual ésta nos llega. De paso, Aguilar Mora establece que la visión histórica de Paz es el presentismo o historicismo tipo Benedetto Croce, R. G. Collingwood o John Dewey. Sin embargo, nuestra impresión es que Aguilar Mora mezcla su punto de vista con algunos enunciados de Paz. Es decir, cuando los presenta lo hace organizándolos conforme a su crítica, de tal suerte que más que un análisis parece un acto de ventriloquia. No vemos que Aguilar Mora plantee la crítica en los dos o tres niveles, tal vez hasta cuatro, en que se mueve Paz. Éste hace una interpretación de los mitos-verdades que componen la historia del mexicano. Y aunque Paz intenta mostrarnos fielmente su mirada, ahí no asume como suyos los motivos o las conjeturas del mexicano. En todo caso, hay que distinguir con cuidado cuáles sí asume y cuáles no; cuáles critica y cuáles suscribe. La interpretación de Paz dibuja una tradición del ser mexicano enraizada en una historia mítica que el mexicano común asume como suya. En ocasiones, la crítica de Paz consiste en echar más sal a la herida, en decir: miremos lo que nos hemos inventado.

El esquema sobre el cual Aguilar Mora pone a Paz a contraluz, proviene del estructuralismo[5], que concibe la historia como un proceso multilineal, diacrónico y sincrónico; multipresente, pero también multipasado. Ahora bien, Paz no habría podido aislar la historia de México para pensarla fuera de la influencia occidental: el mexicano no sólo es el que vio desaparecer su mundo y su civilización; el mexicano también es el mestizo (que ahora domina) y el criollo y el europeo inmigrado; y habría que agregar para nuestra época a los chilenos, a los argentinos y a otros sudamericanos que se refugiaron, o que han elegido México para vivir y prosperar. El hecho es que, ante el pluralismo étnico de nuestro país, lo que hace Paz es sintetizar al mexicano en el pensamiento que él estima como predominante. La pregunta es, si Paz ve la historia como ese eterno presente, o si es el mexicano quien lo mira así, al menos el mexicano que concibe Paz.

Esta interpretación de Paz es la que amerita un análisis: ¿es así como se ve el mexicano propiamente? El manejo de la visión mítica implica un acercamiento a la teoría psicoanalítica, a la lingüística, ciertamente, y al arte. Distingamos entonces en la crítica de Paz los diferentes aspectos con los que la sustenta: la interpretación de lo mexicano, la crítica histórica a la visión fatalista del mexicano y a los proyectos nacionales, la ausencia casi total de una crítica política e intelectual, la crítica del presente y las posibilidades de ser modernos, contemporáneos. Nos parece absolutamente correcto que se quiera comenzar el análisis poniendo en tela de juicio el concepto de la historia que Paz tiene al momento de escribir el libro, pero antes de ver cotejados algunos de sus enunciados contra el esquema de historia que Aguilar Mora defiende, habría sido más lógico haber visto cabalmente el concepto de Paz. Si es un presentismo, debió haber puesto los enunciados o los párrafos que lo demuestran sin lugar a dudas. En cambio, al poner a Paz a contraluz, superpuesto al esquema de Aguilar Mora, sólo nos ha hecho saber que aquél no piensa ni ve las cosas como éste.

Así, pues, el interés principal de Aguilar Mora es probarnos que su percepción es la correcta: que la falsa tradición (es decir, la falsa historia, la ilusión que proyecta la ideología dominante, etc.) lleva a Paz a legitimar el statu quo del Gobierno de la Revolución Mexicana, lo lleva a desarticular la dialéctica de los contrarios para reconciliarlos en el mito, en el eterno presente. Aunque Aguilar Mora no lo dice textualmente, su crítica al concepto de ruptura, en cuanto historicidad en el horizonte presentista, es un reproche a quienes renuncian a la revolución armada; con lo que «el eterno retorno» y la mistificación de la revolución mexicana supuestamente lanzados por Paz como desarticuladores del inconformismo y la rebelión los entiende Aguilar Mora como la difusión, por parte de Paz, de la «falsa conciencia». En este punto nos parece que Paz se deslinda solo. Su crítica se orienta a sentenciar que el mexicano ha caído en el fatalismo y la conformidad ante el derrumbe de sus mitos; que no ha sabido plantarse sobre sus dos pies en actitud crítica, racional, para resolver su problema; que, por el contrario, no ha hallado más salida que instituyendo nuevos mitos. Lo criticable en Paz no es que no condene al gobierno «revolucionario», o la «falsa conciencia», sino que su interpretación del mexicano no ofrezca al mismo tiempo una crítica de su propio punto de vista, pues al ser mexicano Paz admite en cierta forma ser fatalista y mitómano[6]. En cambio, comienza diciendo que el mexicano atraviesa una etapa reflexiva (no necesariamente crítica)[7].

Este párrafo de Paz nos describe, si no su visión pluralista de la historia, sí una visión bastante alejada del esquema lineal y plano al que Aguilar Mora se refiere insistentemente: «No toda la población que habita nuestro país es objeto de mis reflexiones, sino un grupo concreto, constituido por esos que, por razones diversas, tienen conciencia de su ser en cuanto que mexicanos. Contra lo que se cree, este grupo es bastante reducido. En nuestro territorio conviven no sólo distintas razas y lenguas, sino varios niveles históricos. Hay quienes viven antes de la historia; otros, como los otomíes, desplazados por sucesivas invasiones, al margen de ella. Y sin acudir a estos extremos, varias épocas se enfrentan, se ignoran o se entredevoran sobre una misma tierra o separadas apenas por unos kilómetros. Bajo un mismo cielo, con héroes, costumbres, calendarios y nociones morales diferentes, viven “católicos de Pedro el Ermitaño y jacobinos de la Era Terciaria”. Las épocas viejas nunca desaparecen completamente y todas las heridas, aun las más antiguas, manan sangre todavía. A veces como las pirámides precortesianas que ocultan casi siempre otras, en una sola ciudad o en una sola alma se mezclan y superponen nociones y sensibilidades enemigas o distantes»[8].

La relectura de los dos primeros capítulos de El laberinto nos confirma el enfoque psicoanalítico de Paz. Más que escribir una historia del pachuco o del hermetismo del mexicano, busca los móviles ocultos de ambas conductas. Pero la exploración de Paz no es al principio una reconstrucción de la historia del individuo para hallar esos móviles; esta reconstrucción comienza apenas en el Capítulo Cinco. Paz escribe setenta y dos páginas para abordar al mexicano desde cuatro vertientes o facetas. Hecha la disección psicoanalítica se dedica después a la reconstrucción histórica de esos rasgos del carácter mexicano. Aguilar mora pasa por alto este nivel del análisis, como pasa por alto también el punto de vista de la historia del arte moderno. En el esquema que nos presenta apretujando los enunciados de Paz, arrancados de su contexto y trasplantados a dicho esquema, revuelve lo psicoanalítico, o psicológico, con lo histórico. Cualquier crítica que merezca la primera parte de El laberinto (los cuatro primeros capítulos) tiene que confrontar esta base psicoanalítica de Paz con otros enfoques igualmente psicoanalíticos, o psicológicos. El error de Aguilar Mora es confundir el diagnóstico de los rasgos con una crítica «confesional» por parte de Paz. En todo caso, falta la demostración psicoanalítica de que los rasgos bosquejados eran sólo proyección del inconsciente de Paz. Pero, a nuestro juicio, Paz también se deslinda aquí, pues pone distancia con el mexicano que estudia, acaso el mexicano de la clase media o simplemente el mexicano que acepta verse reflejado en el estudio de Paz. Este deslinde, este enfoque psicoanalítico, ya es un alejamiento del relativismo, del presentismo. Paz toma distancia de su objeto de estudio, trata de revelarlo mediante la identificación de los rasgos de su carácter, de lo que se considera mexicano. Eso significa que Paz busca cierta objetividad y lejos está de regodearse en el puro subjetivismo. Tampoco proclama que cada mexicano es una verdad propia. Al contrario, busca la esencia de la mexicanidad de ese grupo, al que se refiere, en los rasgos comunes de su carácter. Menos nos dice que su crítica sea una verdad por el sólo hecho de pertenecerle a él como individuo, como sujeto. Más bien aclara que su trabajo podría no significar mucho para los mexicanos de fin de siglo: «Las preguntas que todos nos hacemos ahora probablemente resulten incomprensibles dentro de cincuenta años. Nuevas circunstancias tal vez produzcan reacciones nuevas»[9].

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NOTAS:


[1] Aguilar Mora, Jorge; La divina pareja, historia y mito. Valoración e interpretación de la obra ensayística de Octavio Paz; Ediciones Era, México, 1978.

[2] Paz, Octavio; El Laberinto de la soledad; Fondo de Cultura Económica; México, 1981.

[3] Aguilar Mora, Jorge; op. cit.; p. 36. Subrayado original.

[4] Aguilar Mora, Jorge; ibíd.; p. 37.

[5] A fines de los 1970, el estructuralismo todavía estaba de moda en nuestro país, y Aguilar Mora lo adoptaba en una versión marxista-lingüista.

[6] Claro que puede tomarse por autocrítica o autopsicoanálisis todo lo que Paz reflexiona sobre el mexicano, sobre el grupo.

[7] Paz, Octavio; op. cit.; p. 10.

[8] Paz, Octavio; ibíd.; p. 11.

[9] Paz, Octavio; ibíd.

1 comentario:

  1. A mi no me gusta criticar a los poetas, lo considero peligroso. Ahora hablando de lo que se dijo aquí, puede ser que no haya algo más certero.

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